La mostaza y la disminución de las vocaciones científicas
El otro día estaba comiendo con mi padre. Me pidió que le pasara el bote de mostaza “pero la casera, no la otra” Obedecí no sin antes hacer algo a lo que tendemos en general los químicos: leer la etiqueta. El primer ingrediente de la mostaza es semillas de mostaza. Así que ayer me fui a la cama sabiendo algo nuevo: Mostaza es también el nombre de una planta.
¿Por qué no me había preguntado antes de qué está hecha la mostaza? Se como se hace la mayonesa y el tomate frito, pero en realidad tampoco lo se porque me lo haya preguntado, simplemente lo he visto hacer en casa.
Es algo que está cambiando exageradamente de generación en generación. Por ejemplo, mi madre no solo ha visto más cocina a lo largo de su infancia que yo, sino que incluso su abuela Andrea sacrificaba animales en casa por navidad. Yo nunca he visto un espectáculo semejante, pero como tengo la suerte de ser hija de cazador, le he quitado las vísceras y he despellejado una cantidad considerable de conejos, perdices y codornices, cosa que dudo mucho que mi sobrina Olivia vaya a hacer en su santa vida.
En el ensayo “La razón estrangulada” Carlos Elías habla de la influencia de este tipo de cosas en el interés por la ciencia. Antes íbamos a la carnicería y con suerte veíamos medio cerdo colgado de un gancho, o en la charcutería veías como cortaban el embutido. Hoy en día un niño ve como en el mercadona cogemos una bandeja de salchichón, y unas patatas ya peladas y perfectamente cortadas. Y ese niño no sabe, ni se pregunta, si la patata ha salido de la tierra, de un arbusto o de un árbol, o qué es exactamente el salchichón. Es algo que antes se veía porque tus abuelos o tus primos tenían un cortijo donde se hacían matanzas y había un huerto.
Pero el ejemplo más claro es el de la tecnología. Recuerdo cuando mi padre compró un FAX. Puede que los más jóvenes no sepan que es un invento mucho más antiguo que los ordenadores. Cuando en tu cabeza no existe el concepto de email, sms, o internet es difícil entender que la copia de un documento pueda teletransportarse. Yo estaba completamente alucinada con el invento. Sencillamente no me cabía en la cabeza. Seguramente algo parecido le pasó a mi bisabuela con la lavadora o la televisión, o a mi tatarabuelo con la nevera o el teléfono. Pero cuando has vivido toda tu vida con un aparato no te preguntas como funciona. Yo nunca me pregunté ¿cómo funcionará una nevera? Sin embargo, mi hermana Isa, que es ingeniero industrial, me lo explicó cuando lo estudió en la carrera y me pareció absolutamente genial.
¿Sabes como funciona una nevera? ¿una fotocopiadora? ¿una cámara de fotos? ¿la televisión? ¿un micrófono? ¿el teléfono? ¿el canal de Isabel II? ¿te lo has preguntado alguna vez? ¿existían cuando naciste?
Seguramente si viene una persona de una tribu africana y ve por primera vez salir agua de un grifo, te haga un millón de preguntas. Y seguramente los que pertenecemos a esa generación que ha vivido antes y después de los ordenadores, los móviles e internet, al menos nos hayamos preguntado como es posible semejante cosa. Pero señores, las preguntas hay que hacerlas en voz alta.
Las vocaciones científicas están disminuyendo en occidente, y aumentando en países como China. Y esto no es ninguna tontería. No se van a convertir en la primera potencia mundial (si no lo son ya) por casualidad. De esta crisis tenemos que aprender que la economía no puede basarse en el consumo, sino en el desarrollo. Y el desarrollo se basa en la ciencia.
No podemos permitir que la generación que nos sigue piense que la pantalla táctil del iPhone es algo salido de una película de Harry Potter, que crean que las patatas crecen en los árboles o que no sepan que es la morcilla. Es importante provocar inquietud donde hay ignorancia y si para esto ayuda llevar a los niños al campo, que pasen el verano en una granja escuela o que vuelvan a emitir el programa “Erase una vez…” (si puede ser a base de quitar el programa de Bob Esponja), a mí me gusta tanto el remedio como el resultado del mismo.











Ronnie dijo
18 de Noviembre del 2011 a las 01:20
Una gran amiga (maestra) lidió a los alumnos que dibujaran varios animales y cuando le tocó el turno al pollo, lo dibujaron sin plumas y con las patas para arriba, como los que se compran el super. De terror!
María Docavo dijo
18 de Noviembre del 2011 a las 13:44
Y suerte que no pintaron una bandeja del mercadona con hamburguesas de pavo-pollo…
Martín dijo
18 de Noviembre del 2011 a las 18:33
Buen artículo. Felicitaciones
AlfaBeta dijo
18 de Noviembre del 2011 a las 21:35
Muy cierto, yo no llego a los 20 años y ya veo este comportamiento en mi generación
Dani dijo
19 de Noviembre del 2011 a las 01:12
Simplemente felicitarte por el artículo. Hace ya unos años que vengo planteándome exactamente lo mismo (aunque desde otro punto de vista) y la verdad me encanta saber que hay alguien andando por ahí con las mismas percepciones del entorno.
sergut dijo
19 de Noviembre del 2011 a las 14:20
Como se suele decir, “la tecnología sólo es tecnología si ha nacido después que tú”.
Yo no creo que las vocaciones científicas vayan a menos porque el mundo sea diferente al de nuestros padres y abuelos. No saber que el pollo tiene plumas es como no saber que la televisión tiene condensadores: un detalle irrelevante para la vida diaria del 99% de la población. Los que tienen curiosidad, buscan y preguntan. Eso es igual aquí y en China.
La clave del problema es la pérdida de prestigio que la ciencia y la tecnología tienen en occidente. Están muriendo de éxito, en cierto modo: se han integrado de tal forma en la vida diaria que se asumen como algo normal y no como algo que alguien tiene que hacer. Los niños y jóvenes aspiran a ser lo que han visto ser a los mayores (no hay escasez de aspirantes a médicos o abogados) pero sin modelos culturales en los que fijarse (cuándo fue la última vez que vimos un programa científico-tecnológico de éxito en la TV? Érase una vez la vida? McGyver?) y sin padres que lo valoren (”estudiar eso no da dinero”) no podemos esperar un aluvión de vocaciones.
En China es al revés: los jóvenes (y sus padres) saben que la ciencia y la tecnología son la vía para salir de la pobreza, o incluso del país. Por eso las universidades de occidente (empezando por USA y UK) están cada vez más llenas de chinos. No tiene nada que ver con que en China maten pollos en casa.
Marvin Méndez dijo
20 de Noviembre del 2011 a las 06:02
Hola! excelente reflexión.
Soy docente de química, y realmente me he sentido igual, bastante preocupada por la disminución no diría de las vocaciones científicas, porque en mi país Venezuela, eso es algo extraño; sino de la curiosidad, la inquietud, las ansías por conocer. Cuando se plantean proyectos de investigación la mayor lucha es lograr que los estudiantes sientan pasión por averiguar “algo”, en eso coincido con la tcnología, puesto que la mayoría asume que para qué se investiga si todo ya está en internet.
Creo que la sociedad de la información debe darle realmente el paso a la sociedad del conocimiento, pues la primera recibe y la segunda crea.
Dios nos ayude a promover la curiosidad, pues sin ella no hay ciencia…y como les digo a mis estudiantes: no se ha demostrado que pensar produzca enfermedades mortales.
Sólo nos resta seguir trabajando en producir esa chispa que está haciendo falta en nuestros paises, y sin ofender, evitar el pesimismo, pues ello significa que ya todo lo damos por perdido.
María Docavo dijo
22 de Noviembre del 2011 a las 13:36
Muchas gracias a todos!
Sergut, la vida está llena de detalles irrelevantes para el 99% de la población. El problema es que cada vez son menos “los que tienen curiosidad buscan y preguntan” Tener curiosidad o ser una persona preguntona no es una cosa genética. Seguro que hay gente que tiene más tendencia a hacer las preguntas en voz alta, pero como se vive en casa y el sistema educativo tiene mucho que ver con esto.