Este es un invierno suave, por ahora, aunque con algunos inesperados vendavales. La zona de mi huerto no es muy dada a estos excesos de la naturaleza. Situado en una extensa depresión natural de unos cuatrocientos metros de altura media , cercada al norte y al sur por sendas cadenas montañosas de alturas medias de mil y dos mil metros respectivamente, los vientos fuertes y las lluvias copiosas tienen sus dificultades para llegar hasta él, de modo que en casi todo resulta mesurado y a veces hasta humilde . Recién llegado de ver una película de Tolkien, yo llamaría a esta zona una especie de Tierra Media, hogar de hombres dede hace milenios, mezcla de iberos, celtas, romanos, arabes y, sobre todo, vecinos repobladores, cada vez que las razias de unos u otros la despoblaron decenas de veces... en fin, un amasijo tal que hoy, los hombres que la habitan, son eso, sin más, y nada menos que, hombres. Afortunadamente, ni orcos, solo algún imitador, ni trolls, ni elfos ( salvo alguno, disfrazado, las noches veraniegas de luna llena, de mirlo seductor ). Y sin noticias de Frodo, Gandalf o Gollum, sin datos de dragones, héroes ni villanos. Pero repleta, al menos en mi huerto y si no lo remedio a tiempo, de trips, gusanos de alambre, psilas tan insidiosas como inocentes, piojos de san jose expulsados de algún Belén milagrosamente la noche de Navidad, cada año, casi seguro, y que suelen aterrizar en primavera en mi huerto en hordas innumerables, filas interminables de pulgones, lepidópteros de belleza engañosa e infancia tenebrosamente viscosa, dípteros , hemípteros, himenópteros, arquípteros , ortópteros, coleópteros, todos aquellos seres que en mi infancia pertenecieron al mundo virtual de lo fantástico, están hoy aquí, pasando revista ante mí, como un ejército amigo a veces, hola abejas, enemigos casi todos los demás, y dispuestos al combate por la vida apenas el sol suba unos grados más hacia el sur y las yemas, hoy ya hinchadas, toquen a rebato la llegada de la primavera. Mientras, yo afilo mis armas poderosas, encerradas en frascos cuyas etiquetas ellos no saben interpretar, aún, y en máquinas portentosas cuyo funcionamiento se basa en las mismas leyes que a ellos los mantienen vivos. Maravilloso mundo , hecho de leyes intocables, pensarán, si piensan, pero gobernado, a su escala, por un enorme ser maligno que pasa medio año forjando y afilando sus armas para enfrentarse a ellos. Petrus, el Malvado, me llamarán sin duda, pero no me importa. En realidad, según las últimas investigaciones de la Biología, solo soy su controlador, y el que ayuda a que sus especies mejoren, evolucionen y sobrevivan. Pero no me lo agradecen nunca esos desdichados... Por eso los persigo.