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Autor Tema: Diario de la acequia de mi huerto  (Leído 5593 veces)
petrus
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« Respuesta #15 en: Septiembre 05, 2008, 10:52:21 »

Ayer, al abrir la tapa de la arqueta que guarda la llave de paso del agua de riego ( como de dos pulgadas de diámetro), observé en el fondo seco una especie de nido de hojas curiosamente simétrico. En el centro, semiocultos entre ellas, se movían unos cuerpecillos rosados. En el extremo de sus patitas, lucían unas para ellos descomunales uñas blancas que me hicieron sospechar una camada de topillos...
Pero no, no eran topillos, eran sencillamente ratitas. Lo sé porque mamá rata apareció de pronto y, al verme, de un salto, desapareció por el agujero que le había permitido violar mi arqueta.
Actué como suele hacerse en estos casos. Al fin y al cabo, una rata es un vecino poco deseable.
Cuando terminé la limpieza del nido, revisé los restos para examinar de cerca los cuerpecillos de las crías, pero no había ninguno. No sé de qué manera se arregló la madre, pero consiguió ponerlos a salvo aprovechando los breves momentos que tuvo durante mis maniobras de destrucción del nido...
Solo saqué hojas.
Pero al descubrir el nido, había tenido un primer reflejo que suele aparecer cuando trato con estos animales. Había depositado en el fondo de la arqueta una bolsita de delicioso raticida.
Cuando revisé los restos, tampoco estaba la bolsita. Una rata muy diligente. No sé si es la misma que este pasado invierno devoró varios kilos de nueces de mi despensa y media docena de bolsas de raticida. Si es así, ya está inmunizada y, seguramente, volveremos a vernos. Al fin y al cabo, es una vecina más de la huerta. Aunque sea, por circunstancias de la vida, la menos apreciada.
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« Respuesta #16 en: Septiembre 12, 2008, 11:18:59 »

Hace unos días leía en algún foro que desde los años 90 hasta hoy se ha perdido un importante porcentaje de especies vivas. De mi experiencia puedo decir que en "mi" acequia vivían hace años, en mi infancia, que recuerde , abundante cangrejo de río autóctono, nubes de madrillas, algún barbo, lamprehuelas, sanguijuelas, ranas, alguna rata rojiza de río y al menos una especie de almeja marrón de tamaño medio... Hoy solo se ven, esporádicamente, renacuajos inmaduros, sanguijuelas a temporadas y a veces algún cangrejo o un pez. Al comentar con unos amigos estos hechos, uno de ellos me hizo notar que entonces, antes de la generalización de los abonos químicos, los insecticidas y  los herbicidas,  las aguas tenían, además,  la temperatura correspondiente a la estación, frías en invierno, tibias en verano. Hoy, reguladas las aguas por grandes pantanos en la cabecera del río madre, a más de 1500m de altitud, las aguas de verano bajan frías, procedentes del fondo del embalse, posiblemente a menos de diez grados... En estos momentos , en el río madre solo prosperan abundantes las truchas. El resto, es testimonial.
Ayer, despues de la gran tormenta del martes, la acequia bajaba repleta, turbia y adusta, casi amenazante, llevándose con ella hojarasca, ramas y frutos , flores ajadas y pétalos de algún lejano rosal. Y una inocente pequeña golondrina ahogada.
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« Respuesta #17 en: Septiembre 22, 2008, 08:45:03 »

El verano de 2008 se ha ido y con él los soles agobiantes , las tormentas de polvo y el canto obsesivo de las cigarras en los secarrales. Y con el otoño han llegado las uvas, los rojos pimientos dulces o picantes, las hermosas manzanas vestidas de mil colores. Tendidas en el suelo donde nacieron, duermen las orondas calabazas a la espera de la ya próxima recolección. Todo el huerto respira quietud y plenitud.
Allá arriba, en la cabecera de los ríos, entre peñascos y pinares, han cerrado ya las compuertas de los embalses y las aguas han vuelto a su estado natural. Por mi acequia discurre ahora, que apenas se riega, un agua limpia, suave y tierna, como recién creada. Hermosa, aunque triste. Triste, porque sigue sin vida, brillando en las noches bajo la luna, susurrando sus viejas canciones de solo un par de notas reiteradas y profundas, acariciando los muros y arrastrando leves nubecillas de arena por los fondos, pero ausentes las pequeñas luciérnagas de sus orillas, los tímidos luciones paticortos, las ranas croadoras, sus pececillos de plata, todos los viejos amigos que tuvo y ya no están.
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« Respuesta #18 en: Octubre 22, 2008, 05:37:31 »

Se termina el ciclo. Estos días han eliminado todas las hierbas y hierbajos de las orillas de mi acequia mediante el expeditivo método del herbicida, supongo, dada la limpieza efectuada. Esto de los herbicidas, como los insecticidas,  es bastante curioso. Si acudes a una tienda especializada en productos para el agricultor, encontramos toda una batería de ellos, cada uno enemigo mortal de una o varias especies de animalillos o plantas parásitos , tan eficaces y silenciosos como letales. Cargado con mi máquina pulverizadora, reumático y bajito , debo parecerles un gigante relativo y relativista que imparte vida y muerte ( excepto la suya propia ), casi a voluntad.
En cierta ocasión cayó en mis manos un manual con un estudio pormenorizado de los efectos y los riesgos de los productos fitosanitarios más utilizados.El panorama era tan lúgubre que, de pronto, caí en la cuenta de que el estante de mi pequeño almacén huertano, visto a la escala de sus potenciales víctimas, debería parecerles un inmenso arsenal que guardaba muerte en potencia para miles, millones de pequeños ciudadanos de mi huerto.
Tanto fue así que, desde entonces, solo los utilizo en casos extremos. Ayer mismo, por la tarde, bajo una fina lluvia, vi a algunas de mis queridas judías verdes ( lo que queda de ellas en Octubre ), ahora casi negras, cargadas con millares de pequeños pulgones oscuros, cebándose en las más delicadas, las hojas aún tiernas y las pequeñas vainas. Y tengo que elegir. O la planta que me alimenta o el pequeño insecto que se alimenta, como yo mismo , de ella. Aún no lo tengo claro pero cada vez me inclino más a utilizar medios más inocuos. Estoy pensando en experimentar con un fuerte chorro de agua que los expulse de la planta, aunque, bien mirado, viene a ser casi lo mismo : para comer unos, deben morir otros. Perro mundo.

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« Respuesta #19 en: Noviembre 28, 2008, 06:09:46 »

Hoy he descubierto, inesperadamente,  la influencia que empieza a tener en mi huerto el efecto invernadero.  Y he recordado que una vez, siendo niño, nuestro profesor nos contó que , si la tierra fuera del tamaño de un huevo de gallina, los seres vivos habitábamos sobre la parte sólida, proporcionalmente tan gruesa o delgada , según se mire, como su cáscara. Debajo, todo era fuego. La semejanza me dió un poco de miedo durante unos días pero, visto que todo seguía igual, me tranquilicé y llegué a olvidarlo.
Esta mañana , bien avanzado el otoño, he visitado una vez más mi pequeño invernadero, un habitáculo autoconstruido con perfiles de hierro de 12 x12 x1000 mm , tornillos de métrica 6 , y plásticos, de 2 x 1 x 1 m. donde germinan mis semillas y cuido, como en un pequeño hospital, a las plantas más hermosas, las recién llegadas y, en definitiva, a las más necesitadas.
Encima, parte de la lluvia de ayer estaba atrapada en un precioso cristal de hielo matinal que he tenido que desalojar previsoramente. Aunque ahora está casi vacío, tengo dentro, al abrigo del viento del noroeste que sopla desabrido y a ráfagas, unas habas germinando y, recogidos en pequeñas cajas, durmiendo su ancianidad,  unas cuantas docenas de tomates, verdes o amarillos, que maduran lentamente.
Hoy he recogido tres o cuatro ya enrojecidos, listos para cocinar. Y no me explico cómo pueden hacerlo mientras sobre ellos desfilan cada día en el otoño gélido y sin sol de este año, borrascas y vientos, heladas y, por esta vez, hasta  las primeras nieves. Tiene que ser el tenue calor de la tierra el que cada día y cada noche mantiene mi invernadero, con o sin sol, latiendo lentamente, pero vivo.
Y es que, si conseguimos aislarnos de la turbulenta superficie de nuestro mundo y nos refugiamos en la cáscara de este huevo cósmico que habitamos, casi todo se vuelve relativo, el frío y el calor, la tormenta y la calma. De las entrañas ardientes de la madre tierra sube hasta mis tomates parte de su enorme calor y mantiene el invernadero, si no caliente, lo suficientemente templado como para permitir que la vida continúe. Por eso, en su rincón, las pequeñas habas también han despuntado mostrando al aire, eso sí, con cierta timidez,  sus hojuelas. Y otros miles de semillas que no alcanzo a ver dormitarán también en él, esperando al sol de la primavera, agradecidas, cómo no, al efecto invernadero.
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« Respuesta #20 en: Diciembre 20, 2008, 06:50:11 »

Hoy, por razones que no vienen al caso, he tenido que ir a hacer unas labores en un viejo olivar. No hay en él acequias ni ríos, tan solo, en un lateral, hacia el este,  una gran charca profunda y oscura , casi un pozo, donde mana un agua fría, gris e inmóvil, casi muerta. Solo en primavera se atreve a adornarse, coqueta, con un par de escuálidas ranas y alguna libélula tornasolada.
Hay en ese olivar casi noventa hermosos árboles, de todas las edades, la mayoría de más de cien años, algunos probablemente con más de quinientos, como lo anuncian sus troncos nudosos, gruesos y retorcidos y su enorme copa,  preñada de negros frutos madurando al sol de diciembre.
No se riegan, beben el agua de la lluvia y la que encuentran muchos metros tierra adentro, allí donde fluye silenciosa el agua de la charca antes de nacer a la luz. Los hay generosos de fruto y de sombra y , como entre los humanos, otros,  remisos a dar otra cosa que trabajo y esperanzas.
A alguno que tiene el tronco muy dañado, apenas una corteza en torno a la nada del hueco central, le estoy permitiendo desarrollar un nuevo vástago. En cuatro o cinco años, ese hijo de sí mismo, clon de clon, lo sustituirá. El viejo tronco, como una ropa usada, desaparecerá en las entrañas de cualquier estufa de salón mientras de sus mismas raíces brotará su nueva forma vital, un joven olivo con otros cinco siglos de expectativa de vida. Maravillosa inmortalidad la de este árbol . Conoció a mis antepasados  cuando ya era un olivo viejo y en su forma renacida podrá conocer a mis descendientes cuando ya ni siquiera exista memoria de mí. Aunque tal vez, en algún gen perdido en sus células, una pequeña secuencia escriba un recuerdo agradecido a Petrus, el bípedo que muchos años atrás le permitió sobrevivirse a sí mismo.

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« Respuesta #21 en: Enero 13, 2009, 12:24:43 »

Las últimas nevadas han cubierto mi huerto con su precioso manto blanco, poético para los humanos pero peligroso para los animalitos que hacen del mimetismo y la ocultación su principal seguro de vida.
A lo largo y ancho del huerto, se suceden los rastros de patitas y colas, colas y patitas, de aves y pequeños mamíferos, ratones, algún conejo y gatos, sobre todo. Como durante el día no se les ve, supongo que por las noches todo será un incesante ir y venir, subir y bajar, oler, correr y resoplar, un interminable juego mortal del te veo y no me ves o el jaque mate del te pillé, por fin, y te como.
Así las cosas, subí el otro día a mi pequeña terraza por las empinadas escaleras cubiertas de nieve impoluta, si no fuera por una pequeñas marcas, únicas, escalón tras escalón, que denunciaban la subida, a saltos, de un pequeño roedor, cuatro hoyuelos de apoyo y,  en el centro, detrás, una delgada línea para la cola.
Y así hasta arriba. Y en efecto, allí estaba , oculta tras la portezuela del armario de venenos y similares, royendo estrepitosamente la última nuez que acababa de robarme de una caja aparentemente inviolable donde las guardo. Era tal el ruido que hacían sus dientes tratando de violar la dura cubierta de la nuez que no me oyó abrir la puerta hasta que la había visto, gris, apenas quince centímetros de hocico a punta de la cola, los ojos vivos apenas entrevistos antes de desaparecer en dirección desconocida, pasando por resquicios por los que, razonablemente, no podría pasar.
He tratado de cazarla empleando mis mejores recursos, sin fortuna,  y sé que sigue allí porque de vez en cuando, al subir, oigo sus carreras entre las cajas y los cartones almacenados. Como ya no tiene nueces y los maíces de hacer palomitas los he colocado bien altos, supongo que acabará probando mi delicioso queso, de exquisita finura pero algo indigesto. Ya les contaré, si tal cosa ocurre, aunque sospecho que la partida va a terminar en tablas, como en otras ocasiones.
Al margen de estas pequeñas aventuras y desventuras, la acequia sigue hibernando como una serpiente negroazulada, bien encajada en su lecho y respirando apenas un hilillo de agua que me recuerda que sigue allí, fiel,  a la espera de que su vecino y amigo el almendro le señale con su semáforo de flores blancas, que es hora de desperezarse y revivir otra primavera.
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« Respuesta #22 en: Enero 30, 2009, 12:18:17 »

En efecto. Tablas. Otra vez tablas. Yo había preparado mi peon, un hermoso trocito de queso maduro, blanco y oloroso, y mi torre, una preciosa jaulita de puerta de muelle, estratégicamente colocada de modo que la reina enemiga, gris y hocicuda, nerviosa e inteligente, entrara al cebo, se cerrara la puerta y cayera en mi red.
Cuando volví, a los pocos días, mi peon había desaparecido y la torre, con la puerta misteriosamente cerrada, seguía allí, inerte y vacía. La reina ratonil escapó de nuevo. No sé cómo pudo hacerlo, entrar, coger el queso, salir y cerrar la puerta, educadamente. No la he vuelto a ver pero imagino su sonrisa cada vez que me vea, desde cualquiera de sus refugios,  afanarme entre cañas, sarmientos y barro. Pero que no se fíe. Un día de estos reanudaremos la partida.
Mientras tanto, y después del  huracán del último fin de semana , me entretengo en reponer las cosas más o menos donde estuvieron. La fila de jóvenes piceas que me sirve de seto marca ahora una ligera pero evidente reverencia, mientras un pino, de cinco o seis metros de altura, se ha escorado casi cuarenta y cinco grados hacia el Este y ahí se quedará, como testigo de que la Naturaleza es más fuerte de lo que parece. Los demás árboles han resistido aceptablemente, rama más o rama menos, e incluso el invernadero, con su aire de saltamontes metálico , sigue con sus seis patas bien clavadas al suelo. Tal vez tenga que reconocer, siendo escéptico en el tema, que el calentamiento de la atmósfera, su incremento de energía al fin, se empieza a manifestar de una forma contundente. En efecto, el vendaval pasó durante horas, envuelto en un trueno continuo, como en una pesadilla, doblando torres de conducción eléctrica como si fueran de plastilina, arrancando árboles, desgajando tejados y derribando muros. Una exhibición de poder. Lo nunca visto por estas latitudes, cerca del paralelo 43º N.
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« Respuesta #23 en: Febrero 07, 2009, 11:32:57 »

Hay en mi casa de la ciudad ( la única que tengo ), una serie de trasteros en la última planta del edificio , que usamos los vecinos para almacenar las cosas que se utilizan poco o las que no nos caben en los armarios. Tengo la suerte de que el mío es el que da salida al tejado y sus servidumbres, a través de una pequeña terraza de unos diez metros cuadrados, abierta en su soledad y aislamiento a todas las luces, al sol y al viento , sobre los tejados de la ciudad, con hermosas vistas a las montañas del entorno.
Aunque ahora mi huerto absorbe casi todas mis horas libres, hubo un tiempo en que esa terraza fue su sucedáneo. Descubrí la hidroponía y me aficioné a ella. En unos tubos de PVC convenientemente dispuestos, con agua y sales adecuadamente dosificadas, cultivé lechugas, habas y tomates, hice experimentos de todo tipo e ideé docenas de pequeños artilugios para mejorar el rendimiento, siempre escaso, de mi huerto artificial. Allí pasé muchas horas cultivando, observando y aprendiendo cómo la vida es capaz de salir adelante en ambientes tan poco adecuados como un recipiente de plástico y una disolución de sales más o menos conseguida. Y leyendo,  largos ratos, esos humildes libros que pueblan los trasteros, casi olvidados desde que fueron leidos por primera vez, años antes, pero conservando, como una fruta anciana pero milagrosamente fresca, todas las esencias que los hicieron hermosos y útiles.
Y ahora, en este largo y crudo invierno, de lluvia diaria y nieves intermitentes que no me ha permitido sembrar ni siquiera los ajos o las humildes habas , en el que la tierra es solo un amasijo de barro en el que se hunden las pisadas sin remisión, he recordado mi humilde huerto hidropónico, todo él ciencia y artificio, afición y cuidados continuos, con la sospecha de que, tal vez andando el tiempo, los achaques me obligarán de nuevo a recluirme en él y reanudar aficiones casi olvidadas.
Recuperaré así  ese diminuto trozo de paraíso urbano, con las montañas, los tejados y mis plantas como entorno, una hamaca a la escasa sombra de la chimenea o el alero, y todos los viejos libros del trastero a mi disposición... ¿ Qué más puedo pedir ?
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« Respuesta #24 en: Marzo 01, 2009, 10:50:47 »

Nuevo vecino. Desde hace unos días, tal vez un mes, mi acequia tiene un nuevo vecino. Es un personaje que ya algunas veces se dejó ver por esta zona, más bien de manera esporádica, solo o en pareja, pero que nunca echó raíces, ni pagó rentas ni pechó con impuestos...
Hace unos años, tres o cuatro a lo sumo, una pareja se instaló en mi huerta, que visitaba puntualmente cada mañana. Se daban una vuelta por mis cebollas, nunca me robaron ninguna, mis acelgas y sobre todo los frutales. Como son más bien pequeños y no llegan ni a las primeras ramas, aprovechan más bien los frutos que caen y los restos que de una u otra forma van quedando a su alcance. En un par de meses desaparecieron sin dejar rastro lo que, tratándose de ellos, es un buen síntoma.
El recién llegado, ahora lo se, se ha cebado estas últimas semanas en dos filas de zanahorias que iba desenterrando yo pacientemente. Al tiempo que se secaban al sol, él repasaba concienzudamente las mejores, dejándome, eso sí, siempre, una parte para que yo pudiera deleitarme también con su exquisito sabor dulzón con un toque exótico de amargor y aroma floral.
Ayer, por fin, se dejó ver. Era ya el atardecer y apareció de pronto a la vera de los plásticos de un pequeño vivero al borde de la acequia. Se quedó mirándome y como me vió inmóvil debió creer que era parte del paisaje. Fue y vino, subió y bajó, con ese aire a menudo caótico e indeciso de los animales, siempre vigilante, enhiestas las orejas, listo para huir a la carrera al menor atisbo de peligro.
Parecía sano y joven. Por fin, según dicen, van venciendo a la terrible mixomatosis que los diezmó.
Mi nuevo vecino el conejo, con permiso de los hurones y los perros del vecindario, tiene el mío para rondar por mi huerta siempre que no cometa excesos. Sabe que le puedo sacar tarjeta amarilla. En cuanto a la roja, tiene la ventaja de que la ley de caza le proteje, por ahora. Si se porta bien, le dejaremos vivir tranquilo en su cuevecilla del talud de la acequia, poco acogedora, con humedades, sin calefacción pero, eso sí, pagando un módico alquiler, en especie, en forma de abono animal, tan escaso en estos tiempos de crisis. Bienvenido, hermano conejo.
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« Respuesta #25 en: Marzo 14, 2009, 11:16:43 »

El melolonta es una plaga que daña las raíces de algunos cultivos y los brotes más tiernos de los frutales , muy difícil de eliminar. Pero su discreta vida lo hace casi invisible para los humanos y eso le ha permitido sobrevivir sin problemas hasta hoy. El melolonta es un escarabajo, de unos tres centímetros de longitud, de tacto aterciopelado, color marrón claro, casi tan grueso como largo, que surge misteriosamente del suelo a partir del mes de abril. En las solitarias horas del atardecer en los campos , cuando está casi oscuro, se le oye zumbar entre la hierba, ensayando su primer vuelo apenas unos segundos, mientras busca un hueco por donde elevarse. Al cabo de unos días, cuando se termina la eclosión, cientos de pequeños agujeros en el suelo, de un par de centímetros de diámetro, dan fe de su salida de la madre tierra.
Hoy he vaciado mi montón de compost anual, antes de comenzar las labores de primavera. En un rincón apartado, amontono pacientemente todos los restos orgánicos que pueden volver al huerto como abono natural, hierba del cortacesped, restos de calabazas, fruta estropeada, hojas de puerros, cebollas, acelgas, todo , en fin,  lo que puede proporcionar a la tierra un poco de abono orgánico.Este año se ha añadido la producción de una pequeña máquina cortadora que trocea los restos de poda y permite añadirlos al compost, con el valioso aporte del rico carbono de la celulosa.
Al final ha sido un hermoso montón de más de cien kilos de material oscuro, esponjoso, indefinidamente vegetal, con un olor recio pero agradable a mohos y tierra fresca, a naturaleza muerta y, a la vez,  llena de vida.
Y allí estaba el melolonta, esperando a abril, enroscado sobre sí mismo, en una letra ce perfecta,  una hermosa y robusta larva de casi cinco centímetros de longitud por uno de diámetro, marrón clara desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo y blanco el abdomen protuberante, repleto de alimento. Uno, dos, tres, hasta quince o veinte vivían su apacible vida larvaria en mi montón de compost. Una carga de proteína animal nada despreciable, si fueran comestibles, que tal vez lo sean y solo cuestión de tener suficiente hambre, supongo.
Luego, en las tardes de mayo, cuando la suave brisa del anochecer invita al descanso bajo los árboles, los melolontas se reunirán, como todos los años, en bandadas, como tenues nubecillas oscuras, sobre las cimas de los chopos cercanos, hasta que la noche los oculte. Entonces se les oirá bajar y revolotear en la oscuridad con un vuelo pesado y rumoroso, tropezando con las hojas y las ramas de los frutales, aquí y allá , como duendecillos asustados, o como ladronzuelos cogidos in fraganti. Al día siguiente, uno tras otro durante un par de semanas, las hojas más tiernas de los brotes terminales  aparecerán mordisqueadas o comidas...
Yo tengo mi huerto desde hace unos años, y antes fue de mi madre y mis abuelos y ...,  pero seguro que ellos estaban aquí antes de que nosotros, los humanos, decidiéramos que la tierra era nuestra. Estoy seguro de que el melolonta no se ha enterado todavía y cree que mi huerto es suyo.

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« Respuesta #26 en: Abril 24, 2009, 09:35:01 »

El almendro encendió, por fin, los semáforos de sus flores allá a primeros de marzo y, de pronto, los demás habitantes de los campos se apresuraron a despertar.
Las yemas de los perales, los nectarinos, los melocotoneros, los ciruelos y los cerezos, incapaces de soportar la presión de la savia primaveral, explotaron en una apoteosis floral que vistió de blanco y rosa todos los rincones de mi huerto.
Solo uno, un humilde y desconocido arbolito de poco más de un metro de altura y tres o cuatro años de edad, indiferente a la alegría y el brillante colorido de la primavera, se vistió una vez más y humildemente de verde sin adornarse siquiera de una flor. Había nacido a la vera de un macizo de yedras y parrales, como una presencia inesperada, como un pariente que llega sin ser invitado ni deseado.
Nunca llegué a conocer su origen ni su especie. Tal vez fuera un guindo, de pequeños frutos rojos y ácidos, por la forma de sus hojas y el color de sus ramas , pero, a falta de frutos y flores, su filiación no consta en los anales del huerto. Será como uno de esos infantes no nacidos en cuyo registro no consta nombre ni filiación, como si jamás hubieran sido concebidos. Nació para morir apenas nacido, tal vez por haberlo hecho en un tiempo y lugar cuando y donde el rendimiento en fruto es condición indispensable para obtener el derecho a vivir.
Lo arranqué hace unas semanas y hoy su leña, escasa, se seca al sol esperando la estufa del próximo invierno. Sentí pena por él, esa pena indefinible que nos produce la muerte de un ser inocente cuyo único delito es , a menudo, nacer o vivir en el sitio equivocado.
Si existe un cielo para ellos , espero que mi arbolito haya recuperado allí el derecho a vivir que en esta tierra se le ha negado, y tal vez también el dueño del huerto pueda explicarle entonces su tristeza.
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« Respuesta #27 en: Mayo 24, 2009, 12:45:34 »

Estoy en guerra. No declarada formalmente, pero en guerra. Como mi enemigo es y parece diminuto pensé al principio que podría acabar con él y sus desaguisados en pocos días, pero llevo ya un par de semanas de batallas continuas y aún no estoy muy seguro del desenlace. Las primeras escaramuzas empezaron en un par de filas de habas de las que me surto en esta época a falta de otros productos más apetitosos. Un buen día, con los frutos verde claro apuntando desde el fondo de las flores, aparecieron algunos pulgoncillos negros, estratégicamente colocados en los brotes terminales, uno aquí y dos algo más abajo... nada especial en apariencia. Total, cuatro pulgones a un miligramo por docena, poco daño pueden hacer, y como todo el mundo tienen derecho a comer... Me sentía como un diosecillo agrario, benévolo y protector, pastoreando su pequeño rebaño de seres indefensos y amables.
De pronto, a los dos días, ya no eran dos, sino doscientos en cada brote. ¿ De dónde habían salido ?.  Y no solo en los brotes, ahora se habían instalado en los troncos tiernos y ¡ esto es ya intolerable ! , en las mismísimas pequeñas vainas que son mi alimento. Cuidadosamente alineados , se nutrían de los jugos de las plantas, mis plantas, sin haber sido convocados, invitados, sembrados, ni siquiera autorizados , sencillamente se comían mis habas sin remordimientos ni modales.
Y entonces empezaron las hostilidades. Pero como no creo eso de que en el amor y la guerra todo vale, establecí una norma límite : no usaría insecticidas sintéticos de los que se compran envasados sin saber muy bien qué oscuros demonios esconden.
Llevo una semana de durísimos enfrentamientos. Las bajas cubren el suelo y sus aliadas hormigas hacen lo posible por reorganizarlos después de cada combate. He empleado mis fuerzas de choque ligeras, e incluso algún arma casera a base de zumo de ajo y otras hierbas... sin efectos decisivos. Cada mañana, los supervivientes y otros dos mil que se les unen durante la noche aparecen de nuevo perfectamente alineados en sus trincheras de los tallos, emboscados entre las hojitas terminales o a lo largo del dorso de las vainas, como si nada hubiera pasado.
Tengo armas químicas disponibles capaces de matarlos, a ellos y a mí, en una sola batalla,  pero me resisto a usarlas en vista de la intrigante sabiduría con la que seres aparentemente indefensos se enfrentan a nuestra tecnología y nuestra supuesta inteligencia desde la resistencia pasiva y la insistencia, la capacidad reproductiva y la colaboración con otras especies. Y ahí reside el que creo mi último descubrimiento: tal vez no se trata de una guerra contra los pulgones sino contra  la Naturaleza, que se preocupa, por unos u otros medios , de que todos sus seres sobrevivan. Ellos y nosotros. Los pulgones, las hormigas y los sapiens.
Por eso, me propongo usar solamente las tres armas permitidas por la Convención de la Violencia Natural, la CVN de toda la vida  : la fuerza física , la astucia y los productos naturales. Pero como soy un ser humano frecuente infractor de todo tipo de normas, estoy planteándome otra alternativa : utilizar además esa otra arma secreta típicamente humana que es la más eficaz, barata, segura y adecuada para este tipo de situaciones no límites : la paciencia .
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« Respuesta #28 en: Junio 08, 2009, 08:55:04 »

En las orillas de la acequia de mi huerto crecen, todavía, muy diversos árboles y arbustos. Y a su sombra y bajo su protección, enjambres de pájaros desarrollan sus pequeñas y agitadas vidas, a menudo lejos de nuestra observación. Algunos destacan por la calidad de su canto, como el modesto, por su plumaje, ruiseñor, sin duda el rey del canto de nuestros campos. Cuando descanso, al caer la tarde,  a la sombra del gran peral, en primavera, haciéndome el dormido bajo mi gran sombrero de paja, suele confiarse y a menudo busca su comida en el suelo de hierbas no demasiado lejos de mis zapatos, sin mostrar ningún temor por mi presencia. Luego, siempre oculto entre los arbustos de las orillas, nos obsequia , a su hembra y a mí, con una inacabable  sinfonía de gorgeos y trinos, arpegios y silencios , ultrasónicos dicen, a menudo hasta bien entrada la noche. Delicioso.
Pero el otro día, apareció un rival. Sé cómo se llama, porque es un viejo conocido, pero hasta ahora se mantenía en un discreto segundo plano musical, como violín segundo, sin más aspiraciones. Esa mañana estaba yo como de costumbre, trabajando entre mis plantas y él, como hace a menudo, canturreaba sus trinos y silbidos en alguna rama próxima , aderezando cada cereza engullida , supongo, con un silbido de satisfacción...
De pronto, el pequeño milagro. Cantó, claras y distintas, las notas musicales de una pequeña melodía de procedencia ignota, tal vez aprendida en alguna fiesta nocturna que le desveló o por casualidad o, quién sabe, grabada desde eones en su código básico, algo así como su memoria ROM. Y allí estaba, clara y sencilla, con un aire un tanto extraño para nuestro gusto musical actual, algo misteriosa y campestre, como un tema de una sinfonía pastoral : sol do, sol do mi la sol, traducida a mi lenguaje humano. Exactamente con la relación de frecuencias de nuestra escala musical. Preciosa casualidad, pensé, pero solamente casualidad, azar, probabilidad, esas cosas que hacen posible lo improbable.
Pero algo más tarde y desde un árbol más lejano, entre otras melodía puramente pajariles de su repertorio, repitió, limpiamente su tema : sol do, sol do mi la sol. Y así durante todo el día más cerca o más lejos, repitió su mensaje, sin olvidar una nota ni repetirla, exacto.
La toco en mi teclado y queda bien, algo extraña, pero bien.
Ayer o antes de ayer, también en mi huerto, volví a oírlo. Ahora la melodía seguía allí pero me pareció que se había añadido una nota más al comienzo, no estoy muy seguro,  tal vez un mi.
He avisado al ruiseñor para que sepa que tiene un rival. Un rival mucho más fuerte, de voz tal vez menos armoniosa pero impresionante. Lo mismo que él, no luce adornos ni hermosos colores.  Solo se permite un detalle elegante en su librea oscura, casi negra: un hermoso pico amarillo anaranjado, como si llevara siempre un precioso grano de maíz en él . Es un mirlo. Canta peor,  pero ha añadido la proporción y la matemática a su canto. Y eso , a la larga, puede traer consecuencias inesperadas, amigo ruiseñor .
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