La verdad del hombre en la Luna
El 28 de noviembre aparecía en la contraportada de Diario de Córdoba un titular de los que enganchan: “¿Estuvo el hombre en la Luna?”. Sin embargo, una serie de errores y malentendidos convertían en conspiranoico a un físico y profesor de ciencias. Les hablo de la persona que les suscribe. En aquel artículo se decía, por ejemplo, que “Eugenio Fernández defiende que la hazaña de Armstrong fue falsa”. No, no es cierto, no defiendo tal idea.
Se ha pretendido en los foros de internet buscar una cabeza de turco a la que acusar y reclamar explicación de este desaguisado en que me he visto envuelto. No solo es innecesario sino que no aporta nada blandir espadas contra la situación actual del periodismo. Veo más favorable aclarar mi postura: el hombre ha estado en la Luna. Seis veces. Mi tocayo Eugene Cernan fue la última persona que anduvo por tierras selenitas.
Tal vez la confusión venga del título de mi libro La conspiración lunar ¡vaya timo! . La doble negación siempre ha traído problemas. Uno dice “no” y otro dice “no al no”, por lo tanto está diciendo “sí”. Uno discrepa y otro discrepa de la discrepancia, es decir, que la conversación se queda en el mismo punto donde empezó. Un lío. Habría sido más fácil hablar de los viajes a la Luna y no de tanta negación de los viajes para, luego, negar la negación. El libro pertenece a la colección ¡Vaya timo! , de la Editorial Laetoli, una colección que busca desmontar timos como la parapsicología, los ovnis, el tarot, etcétera. Se edita en colaboración con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, una asociación sin ánimo de lucro que lucha por fomentar un pensamiento crítico ante las pseudociencias que quieren hacerse hueco en la sociedad actual.
Volvamos al caso que nos ocupa: la conspiración lunar. No trato de hablar en mis conferencias de la conquista lunar a secas, pues eso ya lo hacen magníficos investigadores. Tomo las hipótesis que procuran demostrar que el hombre no estuvo en la Luna y, tras un análisis más o menos detallado, las dejo caer por su propio peso. Las teorías conspiratorias se han extendido como la pólvora y en la actualidad una extensa masa cree en ellas sin estudiar la debilidad de las supuestas evidencias. Con La conspiración lunar ¡vaya timo! , cualquier hijo de buen vecino puede entender cómo acaban derruidas de un plumazo 50 de estas frágiles hipótesis.
La ciencia tiene la virtud de ser una entidad abierta, en continua construcción, en oposición al dogmatismo presente en las rotundas afirmaciones que caracterizan las pseudociencias. Esta característica produce en la ciencia, además, un progreso que, en ocasiones, nos parece vertiginoso. Si la investigación es el motor que mueve dicho progreso científico, el escepticismo es su inagotable combustible. En este sentido, el escepticismo funciona de un modo simple: dudo de lo que tengo delante para conocerlo mejor, pero no para negarlo. La negación solo viene cuando las pruebas aportadas no son suficientes, aunque no es una negación en el sentido estricto: es más un punto y aparte. Si tienes un dragón invisible en tu garaje, que no se puede tocar, que no huele a nada, que no hace ruido, que no expulsa fuego, etcétera, ¿para qué quieres un dragón? Es como tener un tío en Alcalá: cuando venga a Córdoba quedamos y nos tomamos un café.
En mi labor docente diaria fomento este pensamiento crítico. Pongo cara rara cuando se hacen afirmaciones categóricas sobre la existencia de la telepatía o cuando un alumno me dice que con un móvil se puede cocer un huevo. Si en un principio dudaba, hoy espero pruebas que me demuestren que estas cosas son certeras, pruebas que nunca llegan. Para colmo, los defensores de lo paranormal y la rareza dicen: “Demuéstreme que no existe la telepatía”. Por favor, ésa es una falacia de lo más trivial. Yo podría haber comenzado esta nota sosteniendo que he visto un cerdo volando. A continuación les podría demandar una demostración de que mi afirmación es falsa. La carga de la prueba debe recaer en quien presenta la anomalía. Sería yo quien tendría que aportar evidencias de mi cerdo volador. La telepatía, los móviles cancerígenos, la bilocación,- el tío en Alcalá.
¿Por qué debemos creer cualquier afirmación? Lo políticamente correcto está acabando con el pensamiento crítico y estamos empezando a creer a cualquier cantamañanas. Hoy tienen más espacio mediático los engañabobos que los científicos. El que opina que es muy cool ir en contra no se da cuenta de su malograda originalidad cuando suelta en un bar “pues mi teoría es que el hombre no estuvo en la Luna”. Quizás lo escuchó en la tele, en un programa de sensacionalismo, y ahora va repitiendo la frase como si fuera “su teoría”. No, señores, no todo vale, depende del contexto. Para opinar sobre el cáncer puede hacerlo con su panadero, pero es muy probable que cuando le aparezca un tumor no vaya a visitarlo para que le dé un tipo especial de pan anticancerígeno. Irá al oncólogo con toda seguridad, aunque se lo oculte a su homeópata, no vaya ser que se enfade y no le dé más agua de grifo para curarle el resfriado.
Que un periódico dé pábulo a las pseudociencias podría ser denigrante para la mente humana. Pero más vejatorio para nuestra especie es que nos traguemos tonterías de todo a cien, como las caras de Bélmez, la levitación trascendental o la telequinesia. Da igual que las psudociencias sean nocivas. Es lo que vende.
Publicado en Diario de Córdoba. 05/12/09


Dinoman dijo
6 de Diciembre del 2009 a las 21:37
Enhorabuena Eugenio, no puedo estar más de acuerdo con tu comentario, o sea, que estoy totalmente de acuerdo con él, no vaya a ser que…
Eugenio Manuel dijo
7 de Diciembre del 2009 a las 14:59
Gracias Dinoman por tu original apoyo
José Luis dijo
7 de Diciembre del 2009 a las 22:46
Eugenio, de verdad, admiro tu postura ante este asunto.