Javier Armentia

El Columbia: Riesgos Y Catástrofes


Por Javier Armentia.- Queremos creer, los humanos, que el progreso nos protege de cualquier riesgo. Pero conseguir una seguridad absoluta es imposible. El trágico accidente del Columbia , que se ha llevado por delante siete vidas, lo pone de manifiesto en forma especialmente dolorosa. Al fin y al cabo, las lanzaderas espaciales norteamericanas son una imagen mundial de esos logros tecnológicos. Las imágenes en las que vemos la desintegración de la nave espacial, convertida en millones de trozos que a unos veinte mil kilómetros por hora y que han acabado cayendo a lo largo de casi mil kilómetros del sur de Estados Unidos, pasan ya a ser parte de nuestra historia, como en 1986 lo fueron las de la catástrofe del Challenger.

Es evidentemente pronto para algo más que especulaciones -aunque tengan buena base- en torno a los sucesos que propiciaron la explosión del Columbia en el momento de su reentrada en la atmósfera terrestre. Las tres diferentes investigaciones en marcha han de determinar las causas cuanto antes: por un lado es obvio que se hace necesario conocer la secuencia exacta de los sucesos, encontrar qué dispositivos fallaron y por qué; por otro es igualmente necesario derivar las responsabilidades: ¿se sabía de esos fallos? Si es así, ¿por qué no se corrigieron? Y si no, ¿por qué no se estudió esa posibilidad? Es un asunto terriblemente complejo, porque no olvidemos que no estamos hablando de un simple accidente, sino de una catástrofe en una máquina que viene a ser la representación del poderío tecnológico estadounidense y, en consecuencia, una muestra de los alcances de nuestra propia civilización. Todo ello sin olvidar las siete vidas humanas, lo que supone su pérdida.

El mismo día 16 de enero, cuando subía al espacio, pudo producirse una avería: un trozo de revestimiento del tanque principal de combustible chocó contra el ala izquierda. Las cámaras de alta velocidad que controlan los lanzamientos lo reflejaron, pero los responsables de la misión, tras analizar los posibles daños, concluyeron que no había problema. Sin embargo, ayer se sabía que, precisamente, antes de perderse el contacto con la nave, se detectaba un calentamiento anómalo en el extremo de esa ala, y en el hueco en el que va guardada la rueda de aterrizaje. Por el momento, y a falta de más análisis, la hipótesis parece plausible, porque un calentamiento en el ala podría estar producido por la pérdida de alguna tesela cerámica del revestimiento de la nave. Ese calentamiento, cuando se viaja a casi 20.000 kilómetros por hora, es suficiente para hacer entrar en trepidación el resto de la nave, para cambiar el ángulo de ataque, provocando así una fragmentación casi instantánea.

Puede parecer algo extraño, pero tengamos en cuenta que la reentrada en la atmósfera de una lanzadera espacial supone una serie de maniobras que han de ser terriblemente precisas, en las que el margen de error es pequeño. En el espacio, no hay fricción, así que no hay más problema. Pero al bajar e ir entrando en la atmósfera, la nave se debe posicionar en un ángulo determinado de manera que su parte inferior sea la que se lleva todo el calentamiento. Los expertos suelen comentar que el aterrizaje viene a ser “la caída controlada de un ladrillo”: las alas del transbordador no aseguran mucha sustentación, de manera que una vez comenzada la caída, todo se desarrolla inexorablemente. La fricción de la atmósfera, incluso la muy poco densa capa de aire que existe a 70 kilómetros de altura, es brutal debido a la velocidad del transbordador espacial genera un calentamiento gigantesco, que es absorbido por multitud de teselas cerámicas que recubren la superficie inferior de la nave. Se ha comprobado que centenares de estas teselas se calcinan al bajar, pero no hay mayor problema porque posteriormente se reemplazan. Pero si algo fallara, si parte de este recubrimiento se rompiera, las consecuencias podrían ser fatales: fácilmente se produciría una vibración capaz de desmembrar toda la nave en unos pocos segundos. No sabemos si es esto lo que ha pasado, porque las comisiones que han de investigarlo tendrán que hacer su trabajo.



¿se sabía de esos fallos? Si es así, ¿por qué no se corrigieron? Y si no, ¿por qué no se estudió esa posibilidad?

Momento de la explosión del ala izquierda


No es éste el único escenario posible: otros fallos pudieron producirse desde que, sobrevolando Los Ángeles, se perdió el contacto con el Columbia. El hecho de que se hayan encontrado tantos fragmentos enteros en el suelo (incluso restos humanos) insinúa una posibilidad más terrible: parte de la cabina permaneció entera durante un buen tiempo de la caída, no desmembrándose e incendiándose inmediatamente. Si esto es así, hubo unos cuantos segundos, quizá más de un minuto, en el que quienes iban a morir inexorablemente seguían vivos, y quizá conscientes de lo que les iba a pasar.

Dejando esta macabra posibilidad, una vez se establezca la causa, habrá que estudiar, como decíamos, por qué ha pasado. Lo cierto es que los sistemas tan complejos que permiten el vuelo espacial han sido siempre especialmente controlados, para evitar la posibilidad de que un pequeño fallo tuviera desastrosas consecuencias. Pero los recortes económicos que desde hace años sufre la NASA (los últimos debidos precisamente a que Bush está invirtiendo -deberíamos decir malgastando- mucho dinero en una absurda pantalla de protección estratégica), y la premura por seguir siendo líderes espaciales no son buenos: uno de los primeros aspectos en que se recorta es en seguridad. Revisar cada pieza, cada sistema, es caro y complejo. Ya se comprobó, en 1986, que el accidente del Challenger fue en parte debido a deficientes comprobaciones, que se agravaron debido a la manía (algo internacional, por lo que se ve) de los responsables de algo que iba mal de no querer reconocerlo y echar balones fuera. Si esto ha vuelto a pasar en la catástrofe del Columbia, algo deberá cambiar en la NASA o nadie -y menos el gobierno estadounidense- invertirá en mantener una agencia de incompetentes criminales.

Las consecuencias, en el mejor de los casos, suponen el parón de facto de las misiones tripuladas norteamericanas. El próximo 1 de marzo tenía que subir la Atlantis con la expedición séptima de astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS), que deben sustituir a los tres que llevan ya medio año allí arriba. No va a ser así porque mientras no se sepan las causas del accidente no volverá a volar ninguna de las tres naves restantes.



La confianza se había convertido en ingenuidad. Un 2% de fallos puede ser una cifra baja cuando uno habla de complejos proyectos tecnológicos. Pero no es un riesgo nulo, nunca lo es.

Imagen de los 7 astronautas fallecidos


Pero esta misión también llevaba alimentos y materiales necesarios para proseguir con los trabajos de la estación. Aunque los rusos han afirmado que intentarán suplir la falta de los viajes de los transbordadores, es difícil pensar que, tal y como está la industria aeroespacial rusa, casi desmantelada y en ruina, puedan cumplir sus promesas: al menos si los estadounidenses no pagan, y mucho, por este trabajo adicional. Es cierto que en algo pueden paliar la situación: ayer subía a la estación espacial un cohete ruso con provisiones, y se habla de que la misión que iba a subir en abril, con unos cuantos visitantes, entre ellos el astronauta español Pedro Duque, puede reestructurarse para convertirse en la nueva tripulación que se quede en la ISS. Por el momento, lo más terrible de la situación de estos días es comprobar que los responsables de la NASA no descartan nada, que casi cualquier solución parece posible, lo que indica que, realmente, nadie había pensado en la contingencia de un accidente.

Esto es lo más peligroso: constatar que la confianza se había convertido en ingenuidad. Un 2% de fallos puede ser una cifra baja cuando uno habla de complejos proyectos tecnológicos. Pero no es un riesgo nulo, nunca lo es. Y los responsables deberían estudiar, antes de que puedan suceder, qué acciones a corto, medio y largo plazo se deberían tomar en caso de un accidente como el que ha sucedido. ¿No hay un plan B ya escrito, estudiado y evaluado, en temas tan avanzados como las misiones espaciales tripuladas? ¿No es esto realmente, dejarlo ahora todo a la improvisación, lo más irresponsable?


Addendum

Pego aquí, algo muy diferente: se trata de una declaración conjunta que han hecho los familiares de los siete astronautas muertos en el Columbia:

El 16 de Enero vimos a nuestros seres queridos subir hacia un cielo brillante y libre de nubes. Sus corazones estaban llenos de entusiasmo, orgullo nacional, fe en su Dios y una voluntad de aceptar el riesgo en la persecución del conocimiento — conocimiento que podría mejorar la calidad de vida de toda la humanidad. Los descubrimientos científicos de los 16 días de la misión del Columbia fueron un rotundo éxito, pero destrozados en apenas unos minutos — todavía vivirán para siempre en nuestros recuerdos. Queremos agradecer a la familia de la NASA y a la gente de todo el mundo por la increíble avalancha de amor y ayuda recibidos. Aunque nos entristece enormemente, así como a las familias de los tripulantes del Apollo 1 y del Challenger antes que nosotros, la atrevida exploración del espacio debe continuar. Una vez las causas de esta tragedia sean encontradas y corregidas, el legado del Columbia debe continuar, en beneficio de nuestros hijos y los vuestros.

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NOTA: Este artículo es propiedad original del autor citado, aunque ha podido ser publicado anteriormente en otros medios, en cuyo caso aparecen descritos al final del mismo. En caso contrario o en notas de prensa el autor aparecerá como "Noticias de Internet"

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