“Papá no pienses, ¡cree!” y el sentido común
“Papá, no pienses, ¡cree!” le dice la coprotagonista de la película, de dibujos animados, “Campanilla y el gran rescate (2010)”, a su atónito padre, mientras ésta se eleva por encima del suelo, rodeada de hadas. Este padre, buena persona en el fondo, pero perdido en el inframundo del escepticismo y la ciencia, no creía a su hija, la cual sufría por ello, pero ahora ha visto la luz, y no, no, la moraleja no es como sería deseable “debemos de confiar en la gente que queremos y darles una oportunidad”, no, la moraleja es “no pienses, cree”.
Por supuesto que Walt Disney nos tiene acostumbrados a este tipo de moralinas, de hecho hay dos que son las reinas, a saber “genes mandan” y “ser escéptico es malo”.
La herencia “genética” de la belleza y la bondad no es patrimonio solo de las películas más antiguas; por ejemplo en “Enredados (2010)”, la protagonista, a pesar de estar 18 años con solo el contacto de una “madre” mala y egocéntrica y unos pocos libros, es una chica buena y fantástica…claro ¡cómo no!, ¡en realidad es una princesa!. También lo encontramos en la primera película de Campanilla, donde la protagonista, a pesar de sus grandes esfuerzos para poder realizar otras tareas distintas a las que tiene encomendadas por naturaleza, fracasa estrepitosamente, aprendiendo la lección de la “naturaleza diseñada”.
Pero no es la moraleja de la herencia exagerada la más intrigante para mí, de hecho es comprensible un pensamiento así cuando no se tiene suficiente bagaje científico, la sorprendente es la segunda: “ser escéptico es malo”.
El súmmum de la maldad del escepticismo lo encontramos en la película infantil, esta vez de la Warner, “The Polar Express” del 2004. He de reconocer que el cuento está bastante bien, y si mi hija la ha visto unas 10 veces, yo con ella otras tantas.
En esta película, un niño que tiene dudas respecto a la existencia de Papá Noel, es transportado al mundo de éste en un tren maravilloso.
Los niños que creen en Papá Noel pueden escuchar sus cascabeles, en cambio, nuestro protagonista solo puede escuchar “escéptico, escéptico, escéptico”; destacable es el momento de semi terror en el que el fantasma del tren, manejando unos juguetes viejos, le espeta “¡ESCÉPTICO!, ¡ESCÉPTICO!…”. Por supuesto la pedantería de la ciencia está representada en un niño repelente; y como no podía ser de otra forma, toda la naturaleza obedece a un fin planeado donde nada ocurre porque sí. Estás en un tren mágico, así que no pienses, cree.
¿Pero, qué tiene de malo ser escéptico? Gracias al escepticismo nos hemos librado de las supersticiones antiguas, que siempre han conllevado miedos opresivos o costumbres salvajes; hemos conseguido cuestionar los dogmas morales o religiosos que siempre se han escudado en hábitos irracionales, y con ellos, nos hemos quitado de encima muchas injusticias sociales; en definitiva se ha ido desplazando la justificación de tipo “tradición” por la de tipo “conocimiento”. (Tengo la sensación que he parafraseado a Negel).
Por lo tanto, ¿qué pretenden enseñar a los niños?
Para poder comprenderlo, primero tenemos que entender la base de estos cuentos, a saber, el tradicional pensamiento literario anglosajón, por el cual, es necesario creer, por ejemplo, en las hadas, para que éstas existan; si no hubiera nadie que creyera en ellas, morirían (y lo mismo para papá Noel, los elfos o cualquier elemento fantasioso).
Una vez sentada la base, viene la madre del cordero, lo más importante: el escepticismo es el enemigo número uno del sentido común.
Aunque parezca mentira, hay gente que cree, que a base de sentido común, se puede explicar todo, incluido los pormenores de la naturaleza, y cuando dicen “sentido común” se refieren también a la intuición o los sentimientos.
Recuerdo una vez, discutiendo con alguien respecto a un tema estúpido de parasicología, que me dijo en un momento, muy enfadado “joder, Pedro, ¡Es que tú, tienes que pensarlo todo!”. Obviamente me quedé a cuadros… ¡vaya!, pensé, me estoy perdiendo algo por mi manía de pensarlo todo…en algún momento perdí el espíritu de la navidad.
El sentido común es estupendo para las acciones más cotidianas y a corto plazo. Una idea de sentido común certera, es muy valiosa, y pasa de generación en generación, pero entre otros muchos defectos (comparado con el conocimiento) está su limitación, o mejor dicho, su falta de visión en la limitación, que solo el conocimiento puede darnos, pues solo el conocimiento profundo de las cosas nos permitirá predecir más allá de los resultados más inmediatos. El sentido común solo obedece a los resultados a corto plazo, y la ambigüedad de las nociones que maneja suele llevar a contradicción; además, el sentido común cuando se lleva al terreno del estudio de la naturaleza sin conocimiento, acaba defendiéndose a sí misma, a la idea planteada por tradición, y no al hecho observado. Como en aquella película de kung-fu de los años 70 cuyo nombre no recuerdo, donde alguien cuestiona porque deben de enfrentarse al malo… ” ¡Por qué lo dice la tradición! “. Punto
El límite, el frente de batalla o la frontera, está en aquel que piensa que con la filosofía basta para entender el mundo, o lo que viene a ser lo mismo, el filósofo que se mete a científico. La filosofía está para decirnos cómo debemos de pensar, pero no para predecir la naturaleza; las matemáticas son parte de la filosofía, pero no la física.
Recuerdo un artículo que escribí hace tiempo aquí en “e-ciencia”; subió al Menéame, y alguien, tratándolo como un artículo filosófico (y reconozco que me merecía este trato, pues la reflexión se desvió a aguas ambiguas) y con la intención de refutarlo, lo tachó de ser “puro idealismo tipo Berkeley”. Este es un ejemplo estupendo de la forma que tiene el filósofo de atajar los problemas. No contesté, pero estuve a punto de responder “Sí, ¿y?, ¿cual es el problema?”. El idealismo de Berkeley (solo existe lo que percibo) es irrefutable, simple y llanamente, por muchas patadas a las piedras que le diera Samuel Johnson; cuando se trata a Berkeley con desdén, como hizo el comentarista, se está, quiera o no, obedeciendo a las reglas de moda del momento, está defendiendo unas ideas, muy razonables por otra parte, pero no está diciendo ni solucionando nada sobre la naturaleza; Berkeley no se puede demostrar ni se puede refutar, por lo que el punto de vista de Berkeley solo es un medio. Para el caso del estudio de la naturaleza a veces puede ser útil ese punto de vista, y a veces no, como a veces conviene usar el modelo antrópico y a veces no, así de fácil (como diría Thorne “[...] donde el espacio tiempo se considera curvo los domingos y plano los lunes, y los horizontes están hechos de vacío los domingo y de carga los lunes, pero los experimentos de los domingos y los experimentos de los lunes coinciden en todos los detalles” ), lo importante es que case con las evidencias. Pero el que pelea con la naturaleza a base de filosofía, no tiene más remedio que aferrarse a ideas como un fin, en vez de cómo un medio para la previsión de ésta.
Para prever la naturaleza, ni sentido común, ni emociones, ni intuición…conocimiento.
“Hija, deja de creerte las cosas sin evidencias, ¡piensa!”











Andrés Aragoneses dijo
8 de Junio del 2012 a las 19:20
Otro ejemplo lo encontramos en “la guerra de las galaxias” (episodio IV) en que, hacia el final de la película Luke escucha como voces de Obi-Wan, del más allá, le insisten en que confíe en sus intuicion y se deje llevar por “la fuerza” con lo que toda la tecnología que hay puesta en su nave X-Win no le sirve de nada y desconecta su equipo de visión. Simplemente cerrando los ojos será capaz de encontrar el camino acertado. ¿Para qué usar la ciencia comprobada y la tecnología verificada si podemos dejarnos llevar por “la fuerza”?
Por cierto, no dejaré de ver la saga cada vez que tenga ocasión.
Pedro Mascarós dijo
8 de Junio del 2012 a las 20:10
“Por cierto, no dejaré de ver la saga cada vez que tenga ocasión.”
Por supuesto, lo cortés no quita lo valiente…
Antonio Galán dijo
8 de Junio del 2012 a las 21:03
“joder, Pedro, ¡Es que tú, tienes que pensarlo todo!”
Algo así me dice siempre un compañero. Dice que siempre trato de racionalizar todo, de buscarle un sentido o explicarlo de forma lógica. De hecho, no se como, pero de vez en cuando me tiene preparado alguna jugada, me cuenta algo que consigue ponerme de los nervios porque no lo entiendo e intento buscar una explicación. Y dice eso, que no me entiende porque que tengo que explicar todo. Y le digo que soy yo quien no le entiendo, no se como puede proponerme ciertos problemas y quedarse tan tranquilo cuando yo no puedo parar hasta encontrar la solución.
Creo que es mejor pensar, pensar todo que nos resulte un problema a veces nos puede ocupar tiempo pero siempre nos ayudará a entender mejor las cosas, a ver algo donde la gente no ve nada, a encontrar la solución a algo antes que aquellos quienes no se preocupan por saber el porqué todo.
Pedro Mascarós dijo
8 de Junio del 2012 a las 22:51
Yo opino que lo que realmente quita tiempo, es todo lo que no conlleve pensar. Despertarse por la mañana y seguir dándole vueltas a ese asunto…tal vez ya resuelto por otro, tal vez imposible de resolver por carecerse del tiempo, del talento o del conocimiento…no importa, como bien dices, lo importante es pensar, es el placer de pensar.
Olimpia dijo
8 de Junio del 2012 a las 23:30
Me parece magnífico el artículo. A mi me resulta imposible dejar de ser “racional” y eso me conlleva innumerables conflictos. “Es que tu piensas demasiado”, triste que el pensar pueda ser demasiado. Racionalidad y sensibilidad se presentan como opuestos. Olvidamos que la única diferencia con otros seres vivos es la “racionalidad”. Terrible que sea más cruel el ser que piensa que el que se rige por sus instintos. La imaginación la presentan limitada por el razonamiento, cuando es precisamente la imaginación un atributo del razonamiento. El “sentido común” adolece de imaginación y la imaginación es fundamental para el avance de la ciencia. Las películas de Disney siempre encierran mensajes reaccionarios envueltos en muy pensados reclamos. “Hacer dinero es nuestro único objetivo”, esta es la realidad de este sistema en el que vivimos, interesa vender y para vender se ha de tener individuos que se crean todo, no ienteresan los escépticos.
Felicidades por el blog. Un cordial saludo.
Os adjunto este interesante vídeo sobre otros mensajes de las películas Disney.
http://www.youtube.com/watch?v=buEn3teapLM&feature=player_embedded
Ni! dijo
9 de Junio del 2012 a las 13:31
Muy buen artículo, especialmente me quedo con esa frase “joder, Pedro, ¡Es que tú, tienes que pensarlo todo!” porque ilustra a la perfección lo nerviosos que se ponen los que creen en algo ciegamente cuando alguien cuestiona (léase desde su perspectiva: ataca) sus creencias.
También entiendo su punto de vista, es muy fácil creer en algo sin hacer preguntas cuando nos hace sentir bien, pero si eso conlleva sentirse mal cuando alguien lo cuestiona, tenemos un problema de falta de pensamiento crítico, y si además necesitamos imponer nuestra visión a los demás, tenemos un problema de fanatismo.
No me preocupa mucho el mensaje de Disney, al fin y al cabo sus películas son productos comerciales de evasión, y nada mejor para evadirse que poner el piloto automático, desactivar el pensamiento crítico y refugiarse en la mitología, la tradición o la fe, o sea, las ideas que no requieren pensar.
Como dijo Bertrand Russell, “Nunca intentes disuadir a otros de pensar, pues seguro que lo conseguirás.”
Antonio Altamira de Asís dijo
10 de Junio del 2012 a las 21:47
Nietzsche, en su ensayo “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, critica el concepto de verdad: tanto a nivel científico, como religioso, como social … Nietzsche opina que todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales; que los conceptos son en el fondo una CONVENCIÓN (como también lo es la verdad): construida mediante el lenguaje (y posteriormente mediante la ciencia); y que lo que eleva al hombre por encima del animal estriba en su capacidad de disolver una figura en un concepto. Ese “das phantastische Tier” de Nietzsche, equivale a la definición de Ortega del hombre como “animal fantástico”.
Pedro, me he leído todas sus entradas (incluso una que luego no dejó nadie pudiera comentar).
A estas alturas, no le voy a pedir que crea en las hadas, en Papá Nöel, ni … incluso … en Dios. Me conformo con animarle a que crea en el mundo de la fantasía (un “mundo” que se localiza físicamente dentro de la cabeza de cada ser humano) y a que aprecie el enorme bien que éste ha venido haciendo a la humanidad desde mucho antes de que apareciera la ciencia.
Saludos,
Antonio.
Pedro Mascarós dijo
11 de Junio del 2012 a las 07:51
Olimpia: gracias. Hay que reconocer que a Disney le va bien. Sigue una línea y le funciona. Es la educación de la gente lo que hará que Disney vaya variando.
Ni!: gracias. Efectivamente no es mas que evasión. Mi hija, y yo las vemos todas. Yo no creo que exista maldad en el hacer de las pelis, si no unos ideales que cada vez tienen menos cabida, pero venden y nosotros las vemos.
joss dijo
12 de Junio del 2012 a las 22:12
Pues, aunque yo soy creyente en Dios y tengo una religión, yo cuestiono mi religión así como la naturaleza que me rodea.
No sé si realmente soy escéptico, o si soy escéptico sólo para lo que me da la gana, pero algunas veces uno no se puede dejar llevar sólo por la evidencia y la lógica: a veces confiar en otras personas y grupos es necesario y humano (sólo vale la experiencia). No obstante, no sacrifico mi visión natural del mundo haciendo eso.
Saludos.
Pedro Mascarós dijo
14 de Junio del 2012 a las 12:55
Joss: Creo que para nada es necesario dejar de confiar en otras personas y grupos; ser escéptico solo significa cuestionarse las cosas como haces tú. Lo importante es ser consciente de cuales creencias que tenemos tienen evidencias y cuales no.