Mediador de conflictos pedagógicos

Antes de las vacaciones de Navidad, publicaba El País En defensa de la pedagogía, una respuesta, según sus autores, a las “soflamas antipedagógicas”, vertidas en este medio y otros, en artículos anteriores. Colgamos aquí, en e-ciencia, una respuesta que El País no ha querido publicar. Aprovechemos la libertad de expresión total de la red.
El pasado 15 de diciembre publicaba El País, En defensa de la pedagogía, una respuesta, según sus autores, a las “soflamas antipedagógicas”, vertidas en este medio y otros, recientemente, en el ambiente hostil que parece reinar entre las altas esferas pensantes y las actuantes de la esfera educativa. Encabezado por José Gimeno, firmaba el artículo un colectivo de pedagogos que se sintió herido y aludido, torpedeado en la línea de flotación de su profesionalidad. En su alegato, henchido de argumentos de autoridad y de retórica flagelante, decían esperar “análisis más finos”. Ahí va uno de un humilde docente. Nada que ver con Platón, Kant o Piaget. O con la retahíla ínclita que Gimeno et al citaba, rematada con mártires como Ferrer i Guardia. Dios me libre. Igual les parece un análisis grueso pero, en fin, no tengo todo el tiempo del mundo como muchos de los que se ganan la vida escribiendo sobre educación, qué le vamos a hacer.
Empezaré, por deformación profesional, con una sencilla ecuación matemática. Como licenciado en física, por cada año que ha pasado desde que acabé la carrera y empecé a dar clase, soy cada vez menos científico y cada vez más pedagogo de la ciencia. Porque, a mi pesar, voy perdiendo el elevado nivel que tenía en cada una de las hermosas ramas de la física, a medida que aglutino experiencia docente en ellas, y acumulo otros interesantes conocimientos pedagógicos, como la historia de la ciencia, tan olvidada en las carreras universitarias.
Paralelamente, alguien que abandonó las trincheras de la secundaria en un momento de su historia personal para, por ejemplo, centrarse en la más cómoda docencia universitaria de, pongamos por caso, la didáctica de las ciencias, cada año es más profesor de universidad y menos profesor de instituto. Porque la realidad docente actual, como la social, se va distanciando paulatinamente de la que ellos vivieron hace uno o varios lustros.
Nos da igual que los que opinan hayan sido profesores o no. En el colectivo de profesores, como en cualquier colectivo, allegro ma non troppo, podemos encontrar de todo. Lo peor es que parece que nuestra profesión, y quizá muchas otras, cada día se parece más a la del seleccionador nacional de fútbol: todo el mundo se cree en posesión de la verdad y nos dice cómo hacer nuestro trabajo. Luego nadie nos sacará las castañas del fuego.
Pero es que, legitimidades a parte, no nos sirven a los docentes las grandes reflexiones -pedagógicas o antipedagógicas- vertidas desde las alturas de las cátedras universitarias, y aledaños. Muchos políticos, sociólogos y pedagogos universitarios (entre otros, pero sobre todo éstos) llevan años diciéndonos qué hay que hacer, e incluso cómo, en el mundo de la educación. Pero pocos actúan. Quedan muy lejos del grupo de ESO o bachillerato en el que tenemos que entrar, donde nos esperan los piezas de turno, archiconocidos en nuestros microcosmos escolares. Allí, puede estar la sociedad de la información tranquila, un prohibidísimo teléfono móvil con cámara, agazapado en un bolsillo o en el pupitre, nos acecha para escarnio público ante el más mínimo error humano.
El hartazgo docente con los metomentodo educativos es un hecho. A veces son políticos, sociólogos, filósofos, pedagogos…Todo depende de la titulación, o ubicación, del titulado de turno apoltronado que suelta la suya. Generalmente para justificar su sueldo. Quizá lo peor es cuando legislan, fíjense. Lo sentimos si algunos, en este caso los pedagogos, se sienten aludidos u ofendidos. Quizá es más preocupante que muchos otros no se sientan aludidos en el debate y no participen. Un debate social que, por cierto, debería ser más constructivo, y no destructivo y frentista como está siendo, al menos en apariencia. Vaya imagen estamos dando. En tiempos de crisis hay paises que apuestan por la educación, la formación y la investigación, mientras que otros, como el nuestro, recortan presupuesto.
Los debates cruzados han sido lamentables. Que si tú no sabes bastante de mi asignatura para decirme qué hacer, que si yo sí sé, que fui profesor y soy pedagogo en la uni. A ver quién parece un estudiante de secundaria ahora. Vergonzante. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. Y todo por el fracaso escolar. Faltan cabezas de turco a las que echar la culpa. Y, sin embargo, lo más sensato y maduro, iba a decir sencillo, pero parece –por experiencia- no serlo, es que cada uno asuma su responsabilidad. Empezando por el alumno. Basta ya de, usando su jerga, quitarles el marrón de encima.
Llegamos extenuados al final de trimestre, ansiosos de las vacaciones de Navidad, esperando la jerigonza de los que nos recordarán cuántas vacaciones tenemos. La letanía del merecido descanso, la llamo hace años. Y perdonen mi pretensión inicial en el título de la presente reflexión, tal vez cargada de cansancio en esta última semana lectiva de 2008, por pretender mediar en el conflicto entre pedagogos y los llamados “antipedagogos”. Quizá sienta que llevo un poco de cada uno dentro.
Fotografía:
photo credit: Daquella manera

