Grasas trans: camino a la prohibición o mientras deprimen (y se ocultan)
No puedes saber qué cantidad contienen los alimentos que consumes, pero la ciencia si
gue desgranando sus efectos perversos para la salud; a su ya conocida relación con los problemas cardiovasculares, se le une un atributo reciente: también causan depresión. Las organizaciones españolas de consumidores demandan su inclusión detallada y obligatoria en el etiquetado de los alimentos y normas más restrictivas para la industria alimentaria. Son las grasas trans.
Un estudio de un grupo de investigadores españoles ha concluido la existencia de una relación directa entre la ingesta de la llamada comida rápida y productos de bollería industrial con el riesgo de padecer depresión. La explicación parece hallarse en las grasas trans que contienen muchos de los citados productos alimentarios, según explica la principal responsable de este trabajo publicado hace unos meses en la revista científica Public Health Nutrition, la doctora Almudena Sánchez Villegas, profesora titular de Medicina Preventiva y Salud Publica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Sánchez Villegas indica que el mecanismo por el que las grasas trans pueden provocar problemas de salud mental “parece ser semejante al que la ciencia ya ha descrito para explicar su relación con el mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares”, es decir, “generando inflamación y un inadecuado funcionamiento del endotelio, tejido que recubre el interior de los vasos sanguíneos”. Esto a su vez produce “una síntesis inadecuada de neurotransmisores y neurotrofinas, moléculas relacionadas con la sinapsis y la plasticidad neuronal, sobreviniendo un perjuicio en la actividad neuronal y, en suma, del funcionamiento cerebral”.
La investigación —que se enmarca en un proyecto dirigido por Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra— ha consistido en un estudio epidemiológico en el que han participado unas 10.000 personas, inicialmente sanas, durante un periodo de 6 años. De su seguimiento se ha inferido el citado efecto pernicioso de las grasas trans, “comprobado incluso con consumos bajos de productos de comida rápida y de bollería industrial, de unos 40 gramos, equivalente a media hamburguesa diaria o un poco menos”, señala la científica, quien lo tiene claro: “las grasas trans deberían prohibirse”.
¿Qué son?
¿Y qué son, exactamente, las grasas trans? Para empezar, un tipo de ácido graso; esto es, pertenecen al tipo de biomoléculas lipídicas, las cuales procuran la principal reserva de energía del organismo, forman parte de la capa membranosa de nuestras células e intervienen en la síntesis de diversas sustancias relevantes para la respuesta inflamatoria, la regulación de la temperatura corporal o la coagulación de la sangre. El problema es que las trans son un tipo especial de ácidos grasos y ayudan más bien poco a llevar a buen puerto todos estos procesos vitales.
Aunque presentes de forma natural en algunos alimentos procedentes de animales rumiantes, el verdadero peligro está en las creadas artificialmente por la industria alimentaria, por dos vías. La primera, a través de un proceso denominado hidrogenación catalítica que, mediante la adición de hidrógeno, transforma aceites vegetales líquidos a temperatura ambiente en grasas semisólidas. ¿Por qué? Porque éstas últimas son más manejables para su manipulación y también menos susceptibles a la oxidación, por lo que los alimentos elaborados a partir de ellas son más estables, tienen una textura más atractiva, caducan más tarde y, encima, su coste de producción es menor.
La otra vía para su creación tiene que ver con el sometimiento de aceites a incremento térmico, como ocurre en el proceso de desodorización realizado durante el refinado de aceites para uso comestible o en frituras a altas temperaturas.
Sea como fuere, el caso es que ambos procesos provocan un cambio decisivo en los ácidos grasos resultantes. Así, de los aceites vegetales utilizados al principio de ambos procesos (insaturados) se pasa a unas grasas que han sufrido una alteración en su estructura molecular, adquiriendo en los enlaces de algunos de sus átomos una forma espacial llamada científicamente ‘trans’.
En la práctica, las trans presentan una configuración molecular más parecida a las de las grasas animales (saturadas) pero con unos efectos para el organismo muchos más perjudiciales, como las investigaciones científicas ponen de manifiesto. Entre sus principales efectos para la salud se halla su capacidad para incrementar los niveles de lipoproteínas de baja densidad (LDL, el llamado “colesterol malo”), y reducir los de las de alta densidad (HDL, el “colesterol bueno”), conformando un escenario ideal para el desarrollo de enfermedades cardiovasculares; otros estudios también relacionan su consumo con un mayor riesgo de padecer diabetes tipo II en mujeres.
¿Dónde están?
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), dependiente del Ministerio de Sanidad, indica que pueden contener grasas trans los siguientes alimentos: “caramelos, galletas, helados, margarina, palomitas de microondas, pastelería industrial, productos de bollería industrial, productos precocinados (empanadillas, croquetas, pastas, pizzas), salsas, aperitivos dulces y salados y muchos productos tipos fast-food”.
Este organismo señala que, para saber si efectivamente las tienen, hay que buscar en la etiqueta de esos productos la expresión ‘grasas hidrogenadas o parcialmente hidrogenadas’, que es a lo único que obliga la legislación nacional vigente a la industria alimentaria. De este modo indirecto las identificaremos, pero no sabremos qué cantidad contienen, un factor clave, como evidencian los resultados científicos en base a los cuales diversos países han impulsado políticas restrictivas.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que su consumo no supere el 1% de la ingesta energética total, es decir, que no consumamos más de 2,2 gramos al día, partiendo de una dieta media de 2.000 kilocalorías. La Food and Drug Administration de Estados Unidos dice que su ingesta debe ser tan baja como sea posible; en consonancia con ello, desde enero de 2006, este país obliga a la identificación de las grasas trans y sus valores concretos en el etiquetado de los alimentos, amén de que diversos estados y ciudades norteamericanas han establecido restricciones en su uso.
En Europa algunos países nórdicos han tomado la iniciativa y cartas en el asunto, como Dinamarca, que prohíbe desde 2004 más de un 2% de grasas trans en aceites y alimentos procesados, pasos que ha seguido Suiza.
La voz de los consumidores
Y en España, ¿cómo saber cuánto consumimos? Sencillamente, no hay manera de saberlo. Y ello ha motivado múltiples quejas de las organizaciones de consumidores. Como denuncia desde hace varios años la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), “no es obligatorio informar” de la cantidad de grasas trans que contiene un alimento.
Y así sigue siendo pese a aprobarse hace menos de un año dos relevantes normas jurídicas: en España, la Ley 17/2011 de Seguridad Alimentaria y Nutrición y, en la Unión Europea, el Reglamento 1.169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor. En lo que toca a las grasas trans ambos textos normativos han traído menos novedades que las que los consumidores y muchos organismos científicos deseaban y esperaban.
La Ley, pese a que en su preámbulo habla de la “preocupante prevalencia en la actualidad de la obesidad, principalmente infantil y juvenil”, las regula a medias: sólo en el ámbito escolar, al prohibir en escuelas infantiles y centros escolares “la venta de alimentos y bebidas con un alto contenido en ácidos grasos saturados, ácidos grasos trans, sal y azúcares”. Al respecto, señala que las cantidades concretas se determinarán en un reglamento posterior, que aún no ha sido aprobado.
Según el Ministerio de Sanidad, “la industria alimentaria está reduciendo la cantidad de grasas trans que pone en el mercado”, haciendo un esfuerzo “que se considera muy importante en el cuidado de la salud, fundamentalmente, de los niños y niñas”. No obstante, hay que dejar claro que es una opción voluntaria para la industria, al no haber norma alguna que le obligue a ello, manteniéndose todavía en el mercado la presencia de este tipo de grasas en muchos productos alimentarios para niños (véase foto adjunta).
En cuanto al Reglamento comunitario, si bien introduce ciertos avances como la obligatoriedad de incluir el etiquetado nutricional para la mayoría de alimentos a partir del 13 de diciembre de 2016, no contempla “aspectos importantes tales como la obligatoriedad de mencionar la cantidad de ácidos grasos trans en los alimentos”, como lamenta la Asociación General de Consumidores ASGECO Confederación en un reciente informe.
En efecto, el reglamento se limita a indicar que, “a más tardar el 13 de diciembre de 2014”, la Unión Europea presentará un informe sobre la presencia de grasas trans en los alimentos; en base a dicho documento, “la Comisión presentará una propuesta legislativa, si procede”.
Los más nocivos, los más opacos
CEACCU realizó en 2008 una encuesta sobre el etiquetado de los alimentos en España y, aparte de determinar que más del 60% de la población no lee o lee parcialmente la etiqueta de lo que compra, denunció “dificultades para identificar conceptos relevantes para nuestra salud”, afirmando que las etiquetas de los alimentos “no sirven, son confusas y poco claras” y que “el consumidor está comprando a ciegas”.
Esta organización señala “que los compuestos potencialmente más nocivos, como las grasas trans, los aceites vegetales con alta proporción de grasas saturadas, como los de coco y palma, o la sal son los que más nos cuesta reconocer”. Sobre las grasas trans, la encuesta concluye que “se trata del compuesto más opaco para los consumidores, pues el concepto de ‘grasas parcialmente hidrogenadas’ constituye el que más porcentaje de desconocimiento registró entre los encuestados, pese a que la Sociedad Española de Cardiología pide su prohibición por sus efectos negativos sobre el organismo”.
Poner apellido a los aceites vegetales
La identificación concreta de los aceites vegetales que contienen los alimentos es otra de las grandes reivindicaciones de las organizaciones de consumidores, pues, como pone de manifiesto esta encuesta, la mayoría de personas considera que las grasas vegetales son “siempre” mejores que las animales, sin tener en cuenta que bajo el término ‘grasas o aceites vegetales’ se puede incluir a los aceites de coco y palma, ricos en ácidos grasos saturados y por tanto no recomendables.
Por ello, CEACCU reclama que deber ser obligatorio “que el consumidor disponga de información en el etiquetado de la cantidad de calorías, azúcar, sal, grasas saturadas y trans que el alimento le aporta” y puntualiza que “la denominación ‘grasas vegetales’ debe dejar de servir para ocultar el uso de aceites poco saludables, obligando a indicar la naturaleza de las grasas realmente empleadas”.
Sin lugar a dudas, en este proceso de sensibilización y alerta sobre el uso de las grasas trans por parte de la industria alimentaria, iniciado en la última década, ha sido clave la presión de las organizaciones de consumidores y de diversos organismos internacionales. Ante ello, las autoridades públicas no pueden hacer otra cosa que legislar políticas cada vez más restrictivas para la industria y más transparentes para los ciudadanos; las evidencias científicas no les dejan otra salida.
Referencias:
Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Informe del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) sobre el riesgo asociado a la presencia de ácidos grasos trans en alimentos. Ministerio de Sanidad, 2010. Revista del Comité Científico de la AESAN, nº 12, p. 95-114.
Asociación General de Consumidores (Asgeco Confederación). El etiquetado de productos alimenticios en la Unión Europea. Informe de Asgeco Confederación, 2012.
Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios. Análisis del etiquetado de los alimentos. La información obligatoria y nutricional en las etiquetas. Cuadernos de CEACCU, 2009.
Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios. ¿Sabemos lo que comemos? Cómo usar la información de las etiquetas de los alimentos. Guía Práctica de CEACCU, 2008.
España. Ley 17/2011, de 5 de julio, de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Boletín Oficial del Estado, 6 de julio de 2011, núm. 160, p. 71.283-71.319.
España. Real Decreto 1.334/1999, de 31 de julio, por el que se aprueba la Norma general de etiquetado, presentación y publicidad de los productos alimenticios. Boletín Oficial del Estado, 24 de agosto de 1999, núm. 202, p. 31.410-31.418.
SÁNCHEZ VILLEGAS, A. et al. Fast-food and commercial baked goods consumption and the risk of depression, Public Health Nutrition 2012, 15(3) 424-432.
Unión Europea. Reglamento (UE) Nº 1.169/2011 del Parlamento Europeo y del Consejo de 25 de octubre de 2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor. Diario Oficial de la Unión Europea, 22 de noviembre de 2011, serie L, nº 304, p. 18-63.
Artículo publicado para el máster de la UNED de Periodismo Científico y Comunicación Científica











Grasas trans: camino a la prohibición o mientras deprimen (y se ocultan) dijo
24 de Mayo del 2012 a las 23:18
[...] “CRITEO-300×250″, 300, 250); 1 meneos menéalo Grasas trans: camino a la prohibición o mientras deprimen (y se ocultan) e-ciencia.com/blog/noticias/grasas-trans-camino-a-la-proh… por equisdx el 21:18 [...]
Antonio Altamira de Asís dijo
25 de Mayo del 2012 a las 18:56
El artículo original explica sus objetivos: “Whereas the relationship between some components of diet, such as n-3 fatty acids and B-vitamins, and depression risk has been extensively studied, the role of fast-food or processed pastries consumption has received little attention”.
Y sus resultados: “No linear relationship was found between the consumption of commercial baked goods and depression”.
Y concluye: “Fast-food and commercial baked goods consumption may have a detrimental effect on depression risk.”
Félix, tú afirmas que “Un estudio de un grupo de investigadores españoles ha concluido la existencia de una relación directa entre la ingesta de la llamada comida rápida y productos de bollería industrial con el riesgo de padecer depresión”.
Aunque el artículo original es algo contradictorio, para mí esa conclusión tuya no es del todo acertada.
Saludos,
Antonio.
Félix dijo
25 de Mayo del 2012 a las 22:07
Estimado Antonio, estoy contigo en que en ese aspecto es algo contradictorio. Y ésa fue precisamente una de mis preguntas a la autora principal del trabajo, cuya respuesta fue que el estudio “sí permite establecer relaciones causales”.
No obstante, acepto la crítica pues quizá debí haber atribuido dicha afirmación a su fuente directa, entrecomillada.
Pd: echaba de menos tus críticas a mis trabajos.
Un saludo,
Félix
Antonio Altamira de Asís dijo
28 de Mayo del 2012 a las 20:00
Tus anteriores entradas (sobre las erupciones volcánicas y sobre Meléndez) no me interesaron y las leí muy por encima (y que yo sepa: no te las he criticado).
Esta entrada sí que la he leído atentamente y también he acudido al “abstract” original. Yo estoy de acuerdo, en general con la idea de que existen distintos tipos de grasas más o menos perjudiciales para el transporte sanguíneo (y en efecto, las grasas trans deben ser de las más perjudiciales). Pero esto otro de la depresión … me parece demasiado aventurado incluso después de leerme el abstract del artículo original.
El tema no me interesa tanto como para gastarme 45 $ en leer aquél artículo completo. Yo me imagino que la Dra. Sánchez-Villegas: o ha tenido un desliz científico, o no ha sabido explicar los resultados de su investigación. Sin más.
Saludos,
Antonio.