El libro de los animales misteriosos
Por Isaac Camps.- Si lanzamos “criptozoología” en un buscador la repuesta es infinidad de páginas prescindibles de aire paracientífico o anecdótico que desalientan el lector más crítico. También se encontrará con alguna notable excepción con jugo y criterio.
La aparición de un libro sobre críptidos a cargo de la selecta editorial Siruela y prologado por Jane Goodall (miembro de la Sociedad Internacional de Criptozoología) merecía ser leído. Y ciertamente la narración de los diferentes descubrimientos y pesquisas es adictiva, tiene un tono objetivo y contiene datos esclarecedores y información valiosa. Pero no logra del todo liberarse de cierta paja y tópicos prescindibles. Y como Divulc@t tiene entre sus objetivos poner bajo la lupa iluminados y paracientíficos, vamos a divagar también un poco sobre la naturaleza de la criptozoología a propósito de este libro.
El padre de la criptozoología, el belga Bernard Heuvelmans la definió como “el estudio de los animales sobre cuya existencia sólo poseemos evidencias circunstanciales y /o testimoniales”. Digamos que cuando el bicho es descubierto y puesto a la luz de todo el mundo (evidencias autópticas), la misión del criptozoólogo termina. Sus impulsores, como la Sociedad Española de Criptozoología, sostienen que es una disciplina científica por que es objetiva (persigue la contrastación de las evidencias y no actos de fe), es formalista, promulga hipótesis falsables (usa métodos de investigación estándar como análisis biológicos, bibliografía citada…), se apoya en otras disciplinas reconocidas (biología, arqueología, antropología…) y no contradice las leyes de la física (pongamos como las apariciones o la telequinesia).
Suena convincente. Admitamos que es una ciencia. Ahora la pregunta que nos tendríamos que hacer es si tiene sentido como disciplina independiente o de hecho no va más allá de lo que ya hacen los naturalistas “clásicos”. Los criptozoólogos dicen que la diferencia entre ellos y los otros es que los clásicos pescan biodiversidad con red y ellos con arpón. O sea: se busca una especie animal concreta a partir de indicios hasta confirmar su existencia y no “a ver que me encuentro en mi trayecto por la selva”.
Desde mi punto de vista esta división basada en el método y no en los objetivos no tiene mucho sentido y más bien responde a la diferente sensibilidad, capacidad y formación que un biólogo “ortodoxo” tenga. Para ilustrar esto aconsejo la lectura del apasionante y extenso artículo de Jordi-Ruiz Olmo “El misterioso lince de los Pirineos” aparecido en la revista Quercus (n° 182, abril 2001, págs. 12-19).
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El padre de la criptozoología, el belga Bernard Heuvelmans, la definió como “el estudio de los animales sobre cuya existencia sólo poseemos evidencias circunstanciales y /o testimoniales” |
Bernard Heuvelmans |
Por encargo de los gobiernos de Catalunya, entre 1985-1989 y 2000; y de Aragón entre 1987 y 1988 este biólogo ha estado buscando la confirmación de si todavía vive en los Pirineos dicho animal, y de confirmarse, averiguar de si se trata (o trataba) de la especie ibérica o boreal. Después de cotejar datos procedentes de la bibliografía, la tradición oral, rastros en el campo, etc. no hay nada concluyente. Ninguna prueba. Pero si testimonios visuales de algunos biólogos de máxima confianza. El propio autor expone que “La sensación es que nadie acierta a encontrarlo. La sensación es que son mayores las ganas de que esté, por romanticismo conservacionista, que las probabilidades de que realmente esté.
En el mundo hay otros ejemplos de este tipo, aún más famosos. El Yeti, del Himalaya, el monstruo del Lago Ness, en Escocia (cuyo origen muy posiblemente sea una familia de nutrias nadando en fila), el Bigfoot de la costa occidental norteamericana o el oso nandí africano, en el monte Kenia. Todos ellos han sido vistos por personas de la máxima confianza…” y concluye “A pesar de todo lo anterior ¿podría encontrarse mañana mismo un lince en los Pirineos? Naturalmente que si, y yo sería el primero en alegrarme. La experiencia nos enseña que, en estos temas, casi todo es posible”.
Y la experiencia de esto es posible se halla muy bien reflejada en este libro. En los últimos 50 años se han descubierto o redescubierto muchos vertebrados que se creían extinguidos. Algunas veces son hallazgos casuales como el papagayo nocturno australiano: unos ornitólogos se bajan de la furgoneta para ver pasar una bandada de pájaros comunes, y allí en la cuneta, muerto de poco aparece una ave de la que no se tenía noticia desde hacía 78 años.
Otras veces porque alguien se ha fijado en aquel bicho decimonónico naturalizado en un museo al que nadie prestaba atención caso del geco gigante de Delcourt). O en algún zoo donde animales parecidos y mal clasificados crean o devuelven a la vida una especie lejos de su hábitat original (tortugas de las Seychelles, lagarto del Yemen…). O porque alguien se ha metido en lugar remoto y malárico para ponerle un nombre en latín a lo que los lugareños tenían bautizado de toda la vida (celacantos, canguros arborícolas en Guinea, artidodáctilos en Indochina…).
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La paja del libro está en que algunos relatos sobran, porque ya hace demasiado tiempo que sabemos que el “hombre de hielo de Minnessota” era una atracción de feria |
hombre de hielo de Minnessota |
Otras veces a partir de testimonios y pruebas materiales. O porque como la ciencia avanza una barbaridad, con el ADN pasamos a especie aquello que tenía rango de subespecie (caso de los dos kiwis, los dos tuátaras…). De hecho las técnicas de análisis genético están creando, podando y reordenando géneros y especies. Y no hace falta cruzar el Atlántico. No hará ni un par de años se separó el tritón enano del tritón ibérico.
Y si como dice Jordi Ruiz-Olmo, el romanticismo humano de que todo es posible (y puede que su mala conciencia como especie), nada hará perder el empeño de algunos por encontrar al lobo marsupial y a otros animales dados por extintos recientemente (o inclusos un poco más allá). Porque la experiencia nos demuestra que algunas veces, están allí. Incluso en un lugar tan pequeño y humanizado como en las Canarias reaparecen varias especies de lagartos gigantes desaparecidos, o en las más escarpadas rocas de la Serra de Tramontana de Mallorca, el ferreret, el pequeño sapo partero balear, criando en los charquitos que quedan en las hoyas después de llover. Imaginémonos qué esconde el infierno verde de la selva o la profundidades abisales.
Hasta aquí en el libro no parece tener ningún aspecto controvertido. Hasta que aparecen en escena yetis, bigfoots y otras bestias que a menudo son carne de revista paracientífica. Y es aquí donde la cosa chirría y los iluminados hacen su agosto. Pero que nadie se asuste. No es un libro sensacionalista que alimente la mentira, sino que cuenta como muchos iluminados han buscado el Yeti y otros posibles homínidos. Pero también como lo hacen científicos cabales y honestos. Hasta la Academia de las Ciencias de la, URSS, la máxima autoridad científica de un estado practicante del materialismo dialéctico y aparentemente poco dado a la frivolidad se gastó sus rublos y metió al Ejército Rojo el no-nada del Pamir buscando “el hombre de las nieves”.
¿Y dónde está la paja del libro? La paja está en que algunos relatos sobran. Porque ya hace demasiado tiempo que sabemos que el “hombre de hielo de Minnessota” era una atracción de feria, los “blobs” y otras masas orgánicas que parecen el mar no son más que grasa de ballena muerta y otros animales putrefactos. Y porque un par de bromistas digan que han visto otra vez moas y alguien se empane buscándolos antes de contrastar las fuentes no merecen gastar pasta de papel para explicarlo. Y porque no hace falta rodear de morbo si del calamar gigante se sabe tanto o tan poco. Claro, que un bicho de 14 metros, diez tentáculos y con los ojos del tamaño de un balón de fútbol tiene más gancho literario que la lagartija pallaresa. Si no, miren cómo explotan este fantástico animal en el último número de la revista Más Allá.
A pesar de todo les aconsejo de lectura de este libro. Tiene la ventaja de que si usted se considera un tipo ortodoxo podrá decir que ha leído un libro de criptozoología sin tener que pasar vergüenza.
Título: El libro de los animales misteriosos
Autor: Lothar Frenz
Editorial: Ediciones Siruela
Año: 2004
Descripción: 263 pgs, tapa dura, DIN-A5
ISBN: 8478447296
Precio: 24 Euros
Enlaces:
- Sociedad Española de Criptozoología
http://www.criptozoologia.org




Francisco Durán dijo
24 de Abril del 2008 a las 14:16
Hola, muy buen comentario, objetivo. Me gustaría saber como podría conseguir el artículo sobre el lince de los pirineos, a mi país (Costa Rica) no llega esa revista, alguien lo tendrá en PDF?, gracias.
Francisco