¿Qué eficacia real tienen las cremas antiarrugas?
A la industria cosmética le resulta más rentable basarse en el marketing que en las metodologías científicas, por ahorrarse costes.
Muchas y muchos se han preguntado más de una vez si esas cremas tan bellamente anunciadas en todas partes, tan divulgadas por mujeres guapísimas (a veces demasiado jóvenes) funcionan realmente.
La pregunta no tiene fácil respuesta. La industria cosmética no sigue los mismos protocolos racionales o “científicos” ni se somete a las mismas exigencias legales que la industria farmacológica. Lo que no quiere decir, desde luego, que no investiguen e intenten también determinar, en el laboratorio, si sus cremas funcionan o no, más allá del viejo (y eficaz) efecto puramente hidratante. Pero digamos que lo hacen, de una manera mucho más “laxa” que el sector de los fármacos.
La industria cosmética basa la mayor parte de su potencial no en “evidencias” experimentales publicadas, sino en el impacto publicitario. Y en la autosugestión de los consumidores.
Se ha dicho que, en algún caso, un determinado producto puede que sea eficaz y rejuvenezca el rostro de manera comprobable, pero que los fabricantes prefieren no comunicarlo de manera “formal” a los organismos científicos o autoridades sanitarias, ya que serían obligados a cosas que les podrían hundir el negocio. Como por ejemplo, la exigencia de receta médica.
Todo esto hace que, en el futuro previsible, la industria cosmética y sus productos sigan moviéndose más en el ámbito del glamour publicitario que en el de las publicaciones científicas.
Como sabemos, la industria de los cosméticos está constantemente desarrollando cremas “revolucionarias”. En televisión, en Internet, o en todo tipo de publicaciones se nos anuncia cada dos por tres el enésimo breakthrough, el último antes-después de la tecnología cosmética. Ahora sí que sí (aseguran), arrugas de mujeres y hombres van por fin a desvanecerse. La misma canción se viene repitiendo desde hace décadas, pero con técnicas publicitarias cada vez más sofisticadas.
La impresionante maquinaria de marketing forma ya parte del paisaje cultural de nuestra época y se diría que es cada vez más invasiva. También la opaca fraseología “científica” que se gastan los fabricantes en folletos, etiquetas y pies de foto, que deja perplejos a los mismos bioquímicos. Pero, ¿cual es la eficacia real de los productos cosméticos, de las cremas antiedad y/o antiarrugas?. Es un tema complicado. Para empezar, tal vez nadie lo sepa realmente.
La industria cosmética se mueve en la delgada línea que separa ciencia de pseudociencia. Como es natural, los fabricantes desearían que sus productos en verdad funcionaran: entonces el boca a boca arrasaría, la publicidad seria inmensamente más eficaz y escalarían los beneficios. En la puesta a punto de sus cremas, el sector tiene por completo en cuenta la estructura y morfología de la piel, su fisiología, cómo se desgasta y renueva a nivel molecular. Los nutrientes que necesita, las moléculas que ayudan a regenerarla. Pero todo esto es conocido en un plano más bien teórico.
Lo que significa que muchas de las moléculas que se sabe funcionan en el “tubo de ensayo” no está nada claro que funcionen también una vez aplicadas sobre la piel humana. En el “tubo de ensayo”, pueden comportarse según la teoría y lo que se espera de ellas, pero, ¿quiere esto decir que serán absorbidas por la piel, que llegarán a donde tienen que llegar, que harán ahí lo mismo que en el laboratorio? Nadie está seguro.
Seguir en la indefinición
Para salir de dudas, sería muy útil para el sector cosmético convertirse en una industria cien por cien, y no sólo parcialmente, científica. Ensayos de doble ciego, como la industria farmacéutica. Los mismos protocolos y los mismos controles. La misma disciplina. Escribir en las mismas publicaciones. La industria cosmética sería tan científicamente refinada como la farmacéutica, sus efectos tan medibles y reproducibles.
Pero el coste que tendría para los fabricantes cosméticos el pasar por esos mismos filtros racionales y legales sería tan elevado, que los beneficios netos caerían en picado.
Esto llega al extremo de que, en algún caso, es posible que una fórmula determinada funcione realmente, como sugiere de tanto en tanto algún estudio, pero los fabricantes no quieren decirlo demasiado alto. Porque si el efecto sobre la piel (y el efecto psicológico, antidepresivo, añadido) fuese racionalmente medible y demostrable, ello colocaría a la industria cosmética en el punto de mira de las autoridades sanitarias, como subsector de la farmacología, y caerían sobre los fabricantes como halcones, con el mismo repertorio de exigencias que hacia la farmacia.
Los costes subirían, pues, como la espuma, y el sector sería mucho menos rentable. Es preferible seguir moviéndose en la vaguedad, a medio camino entre ciencia y charlatanería, y seguir basándose en la fuerza del impacto publicitario. Y en la autosugestión, ya que es grande el deseo de consumidora o consumidor de que la cosa funcione. Mientras tanto, si alguna de las cremas resulta que realmente funciona, pues mejor que mejor.
Los cuatro tipos de cremas
Para orientarnos un poco en el océano de cremas, podemos definir cuatro grupos:
- Las que neutralizan los radicales libres.
- Las que regeneran los componentes de la dermis (bajo la capa mas superficial de la piel o epidermis).
- Las que tratan de mantener activos los fibroblastos (células que generan el colágeno) senescentes.
- Las que relajan los músculos faciales, disminuyendo las famosas líneas de expresión.
Aquellos productos con ingredientes neutralizadores de los radicales libres acostumbran a llevar vitamina E, vitamina C, biotina o niacinamida. OK. Pero es que estos antioxidantes podemos obtenerlos también de una manera mucho más económica (y quizá hasta más eficaz) consumiendo frutas, verduras y aceites vegetales, por ejemplo.
No gastar innecesariamente
Lo aconsejable, de momento, es no dejarse demasiado dinero, no morder demasiados anzuelos. Al fin al cabo una buena crema que sea solo hidratante (y no pretenda nada más) puede costar de diez o doce euros y quizá su efecto sea igual o mejor que el de la última entrega (de sesenta euros) de Penélope o Diane.
Mientras tanto, podemos esperar a que algún día la industria tenga tantísimos beneficios que se decidan por fin a entrar de lleno (y no solo a medias) en el duro ámbito de la ciencia y las regulaciones. Cuando ese día llegue, nos untaremos la cara con la misma certidumbre con que nos tragamos un ibuprofeno. Y daremos por descontado sus efectos.











Aitor Sánchez García dijo
3 de Febrero del 2012 a las 17:35
Muy interesante la observación sobre las exigencias farmacológicas.
¿Podrán provocarnos las cremas efecto placebo?
¿Y si la crema vale 79,90€ el efecto placebo aumenta?
Antonio dijo
4 de Febrero del 2012 a las 20:05
Serafín, tu artículo es pura elucubración basada en la wikipedia y en 6 (o más) artículos que has encontrado en suite101 (esa revista on line taaan rigurosa).
¿Quien te crees que son los responsables de los departamentos de I+D+i en las principales empresas de cosméticos?: ¿los psicólogos?, ¿los videntes?, ¿los de finanzas?. Pues te voy a desvelar este “gran secreto”: son licenciados en ciencias químicas, con másters, con doctorados y con numerosísimos cursillos de formación continua a sus espaldas. Son gente que realmente sabe sobre cosmética, no como tú: que, sin tener ni idea, te atreves a criticar la profesionalidad de su trabajo o los productos de esa industria.
Para que te enteres, estos departamentos realizan rigurosos tests de eficacia y exhaustivos controles de calidad que garantizan la seguridad y los resultados de sus productos.
Serafín, te tengo calado, eres un listo.
Serafín G. León dijo
4 de Febrero del 2012 a las 22:36
Sí, son licenciados en ciencias químicas. Y también biólogos, farmacéuticos, farmacólogos, médicos, veterinarios, bioquímicos, biotecnólogos, etc. Naturalmente.
En ningún lugar del artículo se duda de su profesionalidad y competencia. O de la seriedad y rigor de los controles de esa industria. Simplemente me limito a comparar los marcos de exigencia legal por parte de la administración, en el que se mueven uno y otro.
En relación a tu ironía de los videntes: cuando digo autosugestión, no me refiero a nada esotérico, sino tan solo al deseo del consumidor de que el producto funcione, lo que facilita su compra. Y también al impacto psicológico de la publicidad, determinante en ventas y expectativas.
No me he basado en seis o más artículos de Suite 101, como te inventas. Sí es cierto que el presente artículo fue publicado originalmente allí.
Si vas a criticar este o cualquier otro artículo con dureza (algo a lo que desde luego tienes derecho), te invito a que lo leas primero con un mínimo de detenimiento. Y no digamos ya si vas a cometer encima la falta de tacto de atacar a su autor.
Antonio dijo
6 de Febrero del 2012 a las 00:05
Salvo que digas qué cargo directivo en la industria cosmética posées y tengas información privilegiada, no eres quien para aconsejar a nadie sobre qué, o cómo, comprar en cosmética.
Por supuesto entendí que tu crítica se ciñe a los marcos de exigencia legal. Pero deberías haberla fundado en las leyes y reales decretos correspondientes del regulador sanitario. Si lo hubieras hecho, encontrarías la explicación de porqué los controles a los productos farmacéuticos y a los productos cosméticos son diferentes.
Por otro lado, ¡qué gracioso!. ¿Cuantos departamentos de I+D+i de la industria cosmética conocías?, ¿a cuantos responsables de esos departamentos conoces personalmente?. Yo tan sólo uno y te aseguro que en esa empresa nunca ha habido un biólogo, farmacéutico, farmacólogo, médico, veterinario o biotecnólogo, que se hubiera hecho cargo del departamento de I+D+i.
Serafín G. León dijo
6 de Febrero del 2012 a las 22:06
¿Te das cuenta de lo que estás diciendo en el primer punto de tu réplica? Si se cumpliera a rajatabla lo que exiges, las asociaciones de consumidores, por poner solo un ejemplo, no podrían decir ni mu. Si para razonar acerca de un determinado sector productivo con impacto popular fuese imprescindible ocupar un cargo en él, y tener acceso a “información privilegiada”, sospecho que el mundo sería un lugar terriblemente opaco. Para empezar el periodismo, por ejemplo, sería impracticable.
Mi artículo solo pretendía ser un modesto escrito de reflexión sobre un tema muy invasivo y presente en nuestra cultura. Está escrito más desde el punto de vista del consumidor o usuario que desde el técnico. De ahí el tono más bien desenfadado, ligero. Aclarar que no es original en E-ciencia y que lo publiqué en Suite 101 hace ya un año y medio.
Dices que solo conoces a un responsable de departamento, que por lo que dices, me imagino que es químico. Pero en el post anterior, cuando me revelabas el “gran secreto”, hablabas en plural y parecías “conocer” muchos más. Bromas aparte, en el mundo hay muchas empresas de cosmética, con sus departamentos de ID. Es fácil imaginar que algunos de sus responsables serán químicos y otros de carreras afines: biólogos, farmacéuticos, etc. No veo que tenga sentido polemizar sobre esta obviedad.
Y si hemos de continuar con esta interesante discusión (por mí encantado) sería útil mencionar la principal fuente en la que me basé para redactar mi articulito. (Y que, por cierto, debería haber citado al publicarlo). Se trata de un artículo publicado en Cosmos Magazine en 2008, por la bioquímica Elizabeth Finkel.
Me pareció muy bien argumentado y convincente, e ideal para usarlo como base de mi pequeño escrito de reflexión sobre este siempre misterioso tema de la eficacia de los cosméticos. Os animo a leerlo atentamente antes de seguir. Creo que vale la pena.
http://www.cosmosmagazine.com/features/print/1893/the-science-cosmetics
unforgiven dijo
22 de Febrero del 2012 a las 00:31
Por alguna extraña razón Antonio no respondió…
Muy buena reflexión, como tu mismo lo comentas, ligera pero interesante.
Ya he apuntado el sitio a mis favoritos.
Saludos
Serafín G. León dijo
26 de Febrero del 2012 a las 11:23
Gracias, muy amable.